Decisión precipitada
Me tumbé boca abajo sobre el saco de dormir a la espera de que me cayera el mundo encima. Ojalá me enterrara allí mismo una avalancha. Deseaba de todo corazón que sucediera. No quería volver a verme el rostro en un espejo en mi vida.
No me avisó ningún sonido. La mano fría de Edward salió de la nada y se deslizó entre mi pelo enmarañado. Me estremecí llena de culpabilidad ante su contacto.
—¿Te encuentras bien? —murmuró, con la voz plena de ansiedad.
—No. Quiero morirme.
—Eso no ocurrirá jamás. No lo permitiré.
Gruñí y luego susurré:
—Tal vez cambies de idea.
—¿Dónde está Jacob?
—Se ha ido a luchar —mascullé contra el suelo.
Se había marchado del campamento con alegría, con un optimista «volveré» mientras echaba a correr. Iba encorvado cuando atravesó el claro, temblando ya mientras se preparaba para cambiar de forma. A esas alturas, la manada ya estaría al tanto de todo. Seth Clearwater, yendo de un lado para otro fuera de la tienda, había sido un testigo íntimo de mi desgracia.
Edward se quedó en silencio un buen rato.
—Oh —exclamó al fin.
Cuando oí el tono de su voz, temí que la avalancha no cayera lo suficientemente deprisa. Le clavé la mirada y estuve bastante segura, debido a sus ojos desenfocados, de que estaba atento a algo que yo hubiera preferido morir antes de que llegara a sus oídos. Dejé caer la cabeza de nuevo contra el suelo.
Me quedé paralizada cuando Edward se echó a reír entre dientes, de mala gana.
—Y yo pensaba que estaba jugando sucio —comentó con renuente admiración—. Me ha hecho quedar como el santo patrón de la ética —su mano acarició la parte de mi mejilla que quedaba al descubierto—. No estoy enfadado contigo, amor. Jacob es más astuto de lo que yo hubiera creído jamás, aunque hubiera deseado que no se lo hubieras pedido, claro.
—Edward —barboteé contra el áspero nailon—. Yo... yo... esto...
—Anda, calla —me silenció sin dejar de acariciarme la mejilla con los dedos—. No es eso lo que quería decir. Es sólo que él te habría besado de todos modos, incluso aunque tú no hubieras caído en sus redes, y ahora no tengo una buena excusa para partirle la cara. Y de verdad que lo hubiera disfrutado.
—¿Caído en sus redes? —mascullé de forma casi incomprensible.
—Bella, ¿realmente te has creído que él es así de noble, que habría desaparecido en el esplendor de la gloria sólo para dejarme el camino expedito?
Elevé el rostro con lentitud hasta encontrarme con su mirada paciente. Su expresión era amable y tenía los ojos llenos de comprensión, más que del rechazo que me merecía.
—Sí, claro que le creí —murmuré entre dientes y después miré hacia otro lado. A pesar de todo, no sentía ningún tipo de ira contra Jacob por hacer trampas. No había espacio suficiente en mi cuerpo para contener nada aparte del odio que sentía por mí misma.
Edward rió de nuevo, con suavidad.
—Eres tan mala mentirosa, que te cuesta creer que los demás puedan tener ni una pizca de esa habilidad.
—¿Por qué no estás enfadado conmigo? —susurré—. ¿Por qué no me odias? ¿O es que no te has enterado de toda la historia todavía?
—Creo que ya tengo suficiente con una cierta comprensión general de los hechos —comentó restándole importancia, casi con humor—. Jacob es capaz de crear imágenes mentales muy vividas. Apuesto a que ha conseguido que su manada se sienta tan mal, al menos, como yo. El pobre Seth tiene náuseas, pero Sam le está poniendo ya en vereda.
Cerré los ojos y sacudí la cabeza, experimentando una honda agonía. Las cortantes fibras de nailon del suelo de la tienda me arañaron la piel.
—Simplemente eres humana —me cuchicheó, pasando con lentitud su mano por mi pelo.
—Esa es la defensa más penosa que he oído en mi vida.
—Pero es la verdad, Bella, eres humana; y por mucho que yo desease que no fuese así, él también lo es... Hay huecos en tu vida que yo no puedo llenar y lo comprendo.
—No es verdad. Precisamente eso es lo que me convierte en un ser tan horrible. No es un problema de huecos.
—Tú le quieres —susurró con dulzura.
El intento de negarlo hacía que me doliera cada célula del cuerpo.
—Pero a ti te quiero más —le dije. No podía decir ninguna otra cosa.
—Sí, ya lo sé, claro, pero... cuando te abandoné, Bella, te dejé desangrándote. Jacob fue la persona que te puso los puntos para curarte. Eso os ha dejado una huella a ambos. No estoy muy seguro de que esta clase de puntos se disuelvan por sí mismos. Y no puedo culpar a ninguno de los dos por algo que yo convertí en una necesidad. Soy yo quien debe aspirar al perdón, pero aun así, eso no me eximirá de las consecuencias.
—Ya sabía yo que encontrarías alguna manera de culparte a ti mismo. Por favor, déjalo ya. No lo puedo soportar.
—Entonces, ¿qué quieres que te diga?
—Quiero que me llames por todos los nombres malos que conozcas y en cada lenguaje que sepas. Quiero que me digas lo disgustado que estás conmigo y que me vas a dejar, de forma que yo pueda suplicar y arrastrarme de rodillas para que te quedes.
—Lo siento —suspiró—. No puedo hacer eso.
—Al menos deja de intentar que me sienta mejor. Déjame sufrir. Me lo merezco.
—No —insistió él, en un murmullo bajo.
Asentí con lentitud.
—Vale, tienes razón. Continúa comportándote de ese modo tan comprensivo. Probablemente, eso sea mucho peor.
Se quedó en silencio unos momentos y sentí cómo la atmósfera se cargaba con una nueva sensación de urgencia.
—Es inminente —afirmé.
—Sí, dentro de unos cuantos minutos. Sólo me queda tiempo para decirte una cosa más...
Esperé. Cuando al fin comenzó a hablar, seguía haciéndolo en susurros.
—Yo sí puedo ser noble, Bella. Así que no voy a hacer que escojas entre los dos. Sólo sé feliz, y de ese modo toma lo que quieras de mí, o nada en absoluto, si eso te parece mejor. No dejes que ninguna deuda que creas tener conmigo influya en tu decisión.
Golpeé el suelo, alzándome sobre mis rodillas.
—¡Maldita sea, para esto de una vez! —le grité.
Sus ojos se dilataron sorprendidos.
—No, no lo entiendes. No estoy haciendo que te sientas mejor, Bella, es lo que pienso de verdad.
—Ya sé que lo piensas —rugí—. Pero ¿es que no vas a luchar? ¡No empieces ahora con lo del noble sacrificio! ¡Pelea!
—¿Cómo? —me preguntó y sus ojos de pronto parecieron muy antiguos, cargados de tristeza.
Salté sobre su regazo, arrojando mis brazos a su alrededor.
—No me importa si hace frío aquí. No me importa si huelo a perro. Hazme olvidar lo espantosa que soy, ayúdame a que le olvide. ¡Haz que olvide mi propio nombre! ¡Pelea de una vez!
No esperé a que se decidiera, ni a darle la oportunidad de decirme que él no estaba interesado en un monstruo cruel y despiadado como yo. Me apreté contra él y aplasté mi boca contra sus labios fríos como la nieve.
—Ten cuidado, amor —masculló bajo la urgencia de mi beso.
—No —gruñí.
Con dulzura, apartó mi rostro unos centímetros.
—No me tienes que probar nada.
—Ni lo pretendo. Dijiste que podría tener lo que quisiera de ti y esto es lo que deseo. Lo quiero todo —anudé mis brazos en torno a su cuello y me estiré para alcanzar sus labios. Él inclinó la cabeza para devolverme el beso, pero su boca fría se volvió más indecisa cuanto más se intensificaba mi impaciencia. Mi cuerpo tenía sus propias intenciones, y me arrastraba con él. Como de costumbre, movió las manos para sujetarme.
—Quizá no es el mejor momento para esto —sugirió, demasiado tranquilo para mi gusto.
—¿Por qué no? —refunfuñé. No había manera de luchar si él iba a adoptar una actitud racional; dejé caer los brazos.
—En primer lugar porque hace frío —se inclinó para coger el saco de dormir del suelo y me envolvió en él como si fuera una manta.
—No es verdad —le interrumpí—. El primer motivo es que te muestras extrañamente moralista para ser un vampiro.
El se rió entre dientes.
—De acuerdo, te doy la razón en eso. Pongamos el frío en segundo lugar. Y en tercero..., bueno, porque la verdad, cariño, es que apestas.
Arrugó la nariz.
Yo suspiré.
—En cuarto lugar —murmuró, bajando la cabeza tanto que pudo susurrar cerca de mi oreja—. Lo haremos, Bella. Cumpliré mi promesa de corazón, pero preferiría que no fuera como respuesta a Jacob Black.
Me encogí y enterré el rostro en su hombro.
—Y en quinto...
—Está siendo una lista muy pero que muy larga —cuchicheé.
Se echó a reír.
—Sí, pero ¿quieres escuchar lo de la lucha o no?
Mientras hablaba, Seth aulló de forma estridente fuera de la tienda.
El cuerpo se me puso rígido al oír el sonido. No me percaté de que había cerrado la mano izquierda en un puño, y se me habían clavado las uñas en la palma vendada, hasta que Edward la cogió y me abrió los dedos con ternura.
—Todo va a ir bien, Bella —me prometió—. Tenemos la habilidad, el entrenamiento y la sorpresa de nuestra parte. La lucha habrá acabado muy pronto. Si yo no lo pensara así de verdad, estaría ahora allí abajo y tú permanecerías aquí, encadenada a un árbol o adonde fuera que consiguiera tenerte a buen recaudo.
—Alice es tan pequeña —me lamenté.
Él se rió entre dientes.
—Eso podría ser un problema, claro... siempre que hubiera alguien capaz de atraparla.
Seth empezó a gimotear.
—¿Pasa algo malo? —le pregunté.
—Qué va, simplemente está enfadado por tener que quedarse con nosotros. Sabe que la manada lo ha confinado aquí para mantenerle apartado de la acción y protegerle. Está salivando de ganas de reunirse con ellos.
Puse cara de pocos amigos en la dirección adonde estaba Seth.
—Los neófitos han llegado al final de la pista, y todo funciona como si fuera resultado de un encantamiento, este Jasper es un genio. También han captado el rastro de los que están en el prado, así que ahora se están dividiendo en dos grupos, como predijo Alice —murmuró Edward, con los ojos concentrados en algún lugar lejano—. Sam nos está convocando para encabezar la partida de la emboscada —estaba tan concentrado en lo que escuchaba que usó el plural empleado por la manada de forma habitual.
De repente, bajó la mirada hacia mí.
—Respira, Bella.
Luché para hacer lo que me pedía. Podía escuchar el pesado jadeo de Seth justo fuera de la pared de la tienda e intenté emparejar mis pulmones al mismo ritmo regular, de modo que no terminara hiperventilando.
—El primer grupo está en el claro. Podemos escuchar la pelea.
Los dientes se me cerraron de forma audible.
Se rió una vez.
—Podemos oír a Emmett... Se lo está pasando genial.
Me obligué de nuevo a respirar a la vez que Seth.
Edward gruñó.
—Están hablando de ti —los dientes se le cerraron también de golpe—. Se supone que deben asegurarse de que no escapes… ¡Buen movimiento! Vaya, qué rápida murmuró con aprobación—. Uno de los neófitos ha descubierto nuestro olor y Leah le ha tumbado antes de que ni siquiera pudiera volverse. Sam le está ayudando a deshacerse de él. Paul y Jacob han cogido a otro, pero los demás se han puesto a la defensiva. No tienen ni idea de qué hacer con nosotros. Ambos grupos están fintando. No, dejad que Sam lo lidere, apartaos del camino —masculló entre dientes—. Separadlos, no les dejéis que se protejan las espaldas unos a otros.
Seth gañó.
—Eso está mejor, llevadlos hacia el claro —asintió Edgard.
Su cuerpo cambiaba inconscientemente de posición mientras observaba, poniéndose en tensión, anticipando los movimientos que habría hecho de hallarse presente. Sus manos todavía sostenían las mías y yo entrelacé mis dedos con los suyos. Al menos, él no estaba allí abajo.
La única advertencia fue la súbita ausencia de sonidos.
El ritmo acelerado de la respiración de Seth se cortó y como yo había acompasado mi respiración a la suya, lo noté.
Dejé de respirar también, demasiado asustada incluso para poner mis pulmones en funcionamiento cuando me di cuenta de que Edgard se había transformado en un bloque de hielo a mi lado.
Oh, no. No. No
¿Quién había perdido? ¿Ellos o nosotros? Míos, todos eran míos. Pero ¿en qué iba a consistir mi pérdida?
Tan rápido ocurrió que no supe con toda exactitud cuándo fue. De pronto se puso en pie y la tienda cayó hecha jirones a mi alrededor. ¿Era Edward él que lo había hecho? ¿Por qué?
Bizqueé, aturdida bajo la brillante luz del sol. Seth era todo lo que podía ver, justo a nuestro lado, con su rostro sólo a veinte centímetros del de Edward. Se miraron el uno al otro con concentración absoluta durante un segundo que se me hizo eterno. El sol relumbraba sobre la piel de Edward y enviaba chispas de luz hacia la pelambre de Seth.
Y entonces, Edward susurró imperiosamente:
—¡Corre, Seth!
El gran lobo aceleró y desapareció entre las sombras del bosque.
¿Habían pasado dos segundos completos? Me habían parecido horas. Me sentí aterrorizada hasta el punto de las náuseas por la certeza de que la cosa se había torcido en el claro y había ocurrido algo horrible. Abrí la boca para pedirle a Edward que me llevara allí y que lo hiciera ya. Ellos le necesitaban y también a mí. Si tenía que sangrar para salvarlos, lo haría. Moriría por ello, como la tercera esposa. No tenía ninguna daga de plata en mis manos, mas seguro que encontraría una forma...
Pero antes de que pudiera decir ni una sílaba, sentí como si me hubiesen sacado el aire del cuerpo de un solo golpe. Como las manos de Edward nunca me habían soltado, simplemente quería decir que nos estábamos moviendo, tan rápido que la sensación era como de caerse de lado.
Me encontré de pronto con la espalda aplastada contra la escarpada falda del acantilado. Edward se puso delante de mí, en una postura que yo conocía muy bien.
El alivio me recorrió la mente al mismo tiempo que el estómago se me hundía hasta las plantas de los pies.
Le había malinterpretado.
Alivio: no había sucedido nada malo en el claro.
Horror: la crisis estaba teniendo lugar aquí.
Edward adoptó una posición defensiva, medio agachado, con los brazos adelantados ligeramente, una pose que me trajo un recuerdo tan duro que me sentí mareada. La roca a mi espalda igual hubiera podido ser aquella antigua pared de ladrillo de un callejón italiano, donde él se había interpuesto entre los guerreros Vulturis, cubiertos con sus mantos negros, y yo.
Algo venía a por nosotros.
—¿Quién es? —murmuré.
Las palabras salieron entre sus dientes con un rugido más alto de lo que yo esperaba. Demasiado alto. Eso quería decir que ya no había posibilidad alguna de esconderse. Estábamos atrapados y daba igual quién escuchara su respuesta.
—Victoria —contestó, escupiendo la palabra como si fuera una maldición —. No está sola. Nunca tuvo intención de participar en la lucha, pero seguía a los neófitos para observar. Cuando percibió mi olor, tomó la decisión de seguirlo por pura intuición, adivinando que tú permanecerías donde yo estuviera. Y ha acertado. Tú llevabas razón, detrás de todo esto siempre estuvo ella y nadie más que ella.
Victoria estaba lo bastante cerca para que él pudiera escuchar sus pensamientos.
Me sentí aliviada otra vez. Si hubieran sido los Vulturis, ambos estaríamos muertos. Pero con Victoria, no teníamos que ser los dos. Edward podría sobrevivir a esto. Era un buen luchador, tan bueno como Jasper. Si ella no traía a otros consigo, podría abrirse camino hasta volver con su familia. Edward era más rápido que ninguno. Sería capaz de hacerlo.
Me alegraba mucho de que él hubiera hecho marcharse a Seth, pero claro, no había nadie a quien el lobo pudiera acudir en busca de ayuda. Victoria había sincronizado perfectamente su actuación. Al menos, Seth estaba a salvo; no imaginaba al enorme lobo de color arena cuando pensaba en él: sólo veía al desgarbado chico de quince años.
El cuerpo de Edward se movió, de forma infinitesimal, pero me permitió saber hacia dónde mirar. Observé las sombras oscuras del bosque.
Era como si mis pesadillas caminaran a mi encuentro con la idea de saludarme.
Dos vampiros se deslizaron con lentitud dentro de la pequeña abertura de nuestro campamento, con los ojos atentos, sin perder nada de vista. Brillaban como diamantes bajo el sol.
Apenas pude echar una ojeada al chico rubio; porque sí, era sólo un chico, a pesar de su altura y su musculatura, y quizá tenía mi edad cuando le convirtieron. Sus ojos, del color rojo más intenso que había visto nunca, no retuvieron mi atención, y pese a ser el que estaba más cerca de Edward, y el peligro más cercano, casi no le vi...
... porque a pocos metros y algo más atrás, Victoria clavó su mirada en la mía.
Su pelo de color anaranjado era más brillante de lo que recordaba, parecido a una llama. No había viento, pero el fuego alrededor de su rostro parecía hacerle titilar un poco, como si estuviera vivo.
Tenía los ojos negros por la sed. No sonreía, como siempre había hecho en mis pesadillas, sino que apretaba los labios en una línea tensa. Había una sorprendente cualidad felina en el modo en que acuclillaba el cuerpo, como una leona a la espera de la oportunidad para atacar. Su mirada salvaje e inquieta fluctuaba entre Edward y yo, pero nunca descansaba en él más de medio segundo. No podía apartar sus ojos de mi rostro más de lo que yo podía apartar los míos.
Emanaba tensión de un modo que parecía casi visible en el aire. Podía sentir el deseo, la pasión arrolladura que la tenía bien aferrada en sus garras. Supe lo que estaba pensando, casi como si yo pudiera oír también sus pensamientos.
Estaba tan cerca de lo que quería, el centro de toda su existencia durante más de un año, ahora estaba tan cerca...
Mi muerte.
Su plan era tan obvio como práctico. El chico rubio y grande atacaría a Edward, y ella me liquidaría tan pronto como Edward estuviera suficientemente distraído.
Sería rápido, porque no le quedaba mucho tiempo para juegos, pero también definitivo. Algo de lo que no sería posible recobrarse. Algo que ni siquiera la ponzoña de un vampiro podría reparar.
Ella tendría que detener mi corazón. Quizá lanzando una mano contra mi pecho, hasta aplastarlo. O cualquier otra cosa parecida.
Mi corazón latió con furia, ruidosamente, como si quisiera ofrecer un objetivo más obvio.
A una inmensa distancia, lejos, más allá del bosque oscuro, el aullido de un lobo hizo eco en el aire sereno. Como Seth se había marchado, no había forma de interpretar el sonido.
El chico rubio miró a Victoria por el rabillo del ojo, esperando una orden.
Era joven en más de un sentido. Lo supuse porque el brillante iris escarlata no duraba mucho tiempo en un vampiro, y esto quería decir que sería muy fuerte, pero poco ducho en las artes de la pelea. Edward sabría cómo deshacerse de él. Y sobreviviría.
Victoria proyectó su barbilla hacia Edward, ordenando al chico, sin palabras, que atacara.
—Riley —dijo Edward con voz dulce, suplicante. El joven rubio se quedó helado, con los ojos dilatados por la sorpresa—. Te está mintiendo, Riley —continuó Edward—. Escúchame. Te miente del mismo modo que mintió a los otros que ahora están muriendo en el claro. Tú ya sabes que ella los ha engañado, porque te ha utilizado para ello, ya que ninguno de vosotros pensó jamás en ir a socorrerlos. ¿Es tan difícil creer que su falsedad también te alcance a ti?
La confusión se expandió por el rostro de Riley.
Edward se movió unos cuantos centímetros hacia un lado y Riley compensó el movimiento de modo automático ajustando de nuevo su posición.
—Ella no te quiere, Riley —la voz de Edward era persuasiva, casi hipnótica—. Nunca te ha amado. Victoria amó una vez a alguien que se llamaba James y tú no eres más que un instrumento para ella.
Cuando dijo el nombre de James, los labios de Victoria se retrajeron en una mueca que mostraba todos sus dientes. Sus ojos continuaron clavados en mí.
Riley lanzó una mirada frenética en su dirección.
—¿Riley? —insistió Edward.
Éste volvió a concentrarse en Edward de forma instintiva.
—Ella sabe que te mataré, Riley. Quiere que tú mueras, para no tener que mantener más su fachada. Sí, eso sí lo ves, ¿verdad? Ya has notado la renuencia en sus ojos, has sospechado de esa nota falsa que se percibe en sus promesas. Llevas razón. Ella nunca te ha querido. Todos los besos y todas las caricias no eran más que mentiras.
Edward trasladó su peso de nuevo unos cuantos centímetros más hacia el muchacho y se apartó otros tantos de mí.
La mirada de Victoria se ajustó al espacio que se había abierto entre nosotros. No le llevaría más de un segundo matarme, y sólo necesitaba el más pequeño atisbo de oportunidad para hacerlo.
Riley volvió a cambiar su posición esta vez con más lentitud.
—No tienes por qué morir —le prometió Edward, con los ojos fijos en los del muchacho—. Hay otras formas de vivir distintas a la que ella te ha enseñado. No todo son mentiras ni sangre, Riley. Puedes seguir un camino nuevo desde ahora. No debes morir por culpa de sus engaños.
Edward deslizó un pie hacia delante y hacia un lado. Ahora había medio metro entre él y yo. Riley se retrasó algo más de lo necesario para compensar el avance de Edward. Victoria se inclinó hacia delante, sobre sus talones.
—Es tu última oportunidad, Riley —susurró Edward.
El rostro del joven vampiro mostraba verdadera desesperación mientras escrutaba a Victoria en busca de respuestas.
—El es el mentiroso, Riley —intervino Victoria y se me abrió la boca de puro asombro al escuchar el sonido de su voz—. Ya te advertí acerca de sus truquitos mentales. Tú sabes que te quiero.
Su voz no era el salvaje gruñido gatuno que parecía el más idóneo para su figura. Por el contrario, resultaba dulce, agudo, con un toque de soprano, casi como el de un bebé. El tipo de voz que va acorde con rizos rubios y chicle de color rosa. No tenía sentido que saliera de entre sus dientes desnudos y relucientes.
Riley apretó la mandíbula y cuadró los hombros. Sus ojos se vaciaron de todo tipo de confusión o de sospecha y de cualquier otra clase de pensamiento. Se tensó para atacar.
El cuerpo de Victoria parecía temblar de tan agazapada como estaba. Sus manos se habían convertido en garras a la espera de que Edward se separara sólo un centímetro más de mí.
El gruñido no procedió de ninguno de ellos.
Una forma similar a la de un mamut de color tostado cayó sobre el centro del claro, arrojando al suelo a Riley.
—¡No! —gritó Victoria, contrariada, con su voz de bebé aguda por la incredulidad.
A un metro y medio de mí el enorme lobo arrancó algo de cuajo y lo separó del cuerpo del vampiro rubio. Un objeto blanco y duro chocó contra las rocas al lado de mis pies. Me deslicé a un lado para apartarme.
Victoria no desperdició ni una sola mirada en el chico al cual había jurado poco antes su amor. Tenía los ojos aún fijos en mí, llenos de una decepción tan feroz que le daba un aspecto desquiciado.
—No —repitió entre dientes, mientras Edward comenzaba a moverse hacia ella, bloqueándole su acceso hasta mí.
Riley estaba de nuevo de pie, con una apariencia contrahecha y demacrada, pero aún capaz de lanzar un perverso golpe hacia el hombro de Seth. Oí cómo se partía el hueso. Seth se retiró y comenzó a girar sobre sí mismo, cojeando. Riley avanzó las manos de nuevo, preparado, aunque me parecía que le faltaba parte de una de ellas...
A pocos metros de esta pelea, Victoria y Edward fintaban.
En realidad no daban vueltas, porque Edward no iba a permitirle adquirir una posición más cercana a mí. Ella se deslizaba hacia atrás, moviéndose de un lado al otro, intentando encontrar un hueco en su defensa. El seguía su juego de piernas con agilidad, acechándola con perfecta concentración. Comenzaba a moverse justo una fracción de segundo antes de que ella se moviera, leyendo sus intenciones en sus pensamientos.
Seth embistió a Riley de costado y volvió a arrancarle algo que provocó un horrísono y chirriante alarido de dolor. Otro gran trozo blanco y pesado cayó en el bosque con un golpe sordo. Riley rugió de furia y Seth saltó hacia atrás, extrañamente ligero para su tamaño, mientras el neófito lanzaba un golpe hacia él con la mano destrozada.
Victoria se abrió camino en zigzag hacia el extremo más lejano del pequeño claro. Estaba dividida: sus pies la empujaban hacia la seguridad, pero sus ojos mostraban su ansia al clavarse en mí como si fueran imanes, atrayéndola hacia mi lugar. Podía ver cómo luchaban en su interior el deseo ardiente de matar contra el instinto de supervivencia.
Edward también podía ver esto, claro.
—No te vayas, Victoria —murmuró en el mismo tono hipnótico de antes—. Nunca tendrás otra oportunidad como ésta.
Ella le mostró los dientes y siseó en su dirección, pero parecía incapaz de alejarse de mí.
—Siempre podrás huir luego —ronroneó Edward—. Tendrás mucho tiempo para eso. Es lo que haces siempre, ¿no? Ese es el motivo por el que te retenía James. Le eras útil, pese a tu afición a los juegos mortales. Una compañera con un asombroso instinto para la huida. El no debería haberte dejado. Bien que le habrían venido tus habilidades cuando le cogimos en Phoenix.
Un rugido brotó entre los dientes de ella.
—Sin embargo, eso fue todo lo que significaste para él. Es de tontos malgastar tanta energía vengando a alguien que sintió menos afecto por ti que un cazador por su perro. No fuiste para él nada más que alguien oportuno. Yo lo supe.
Edward esbozó una sonrisa torcida mientras se golpeaba la sien con un dedo.
Con un aullido estrangulado, Victoria se precipitó contra los árboles de nuevo, fintando hacia un lado. Edward respondió y el baile comenzó de nuevo.
Justo entonces, el puño de Riley alcanzó el flanco de Seth y un gemido bajo se ahogó en la garganta del lobo gigante. Seth retrocedió con los hombros encogidos, como si intentara sacudirse el dolor.
Por favor, quise rogarle a Riley, pero no me funcionaron los músculos para abrir la boca o para expulsar el aire de mis pulmones. Por favor, es sólo un niño.
¿Por qué no habría huido Seth? ¿Por qué no lo hacía ahora?
Riley estaba cerrando de nuevo la distancia entre ellos, empujando a Seth contra la pared de roca donde yo me encontraba. Victoria pareció de pronto interesada en el destino de su compañero. Podía verla mirando de reojo, juzgando la distancia entre Riley y yo. Seth atacó de nuevo a Riley, que se vio obligado a retirarse y Victoria siseó.
Seth ya no cojeaba. Dando vueltas, se topó con la espalda de Edward, la cual rozó con la cola, y los ojos de Victoria casi se salieron de sus órbitas.
—No, no se volverá contra mí —le dijo Edward, contestando la pregunta que había surgido en su mente y usó su distracción para deslizarse más cerca de ella—. Tú nos has suministrado un enemigo común, nos has convertido en aliados.
Ella apretó los dientes, intentando mantener concentrada su atención sólo en Edward.
—Míralo más de cerca, Victoria —murmuró él, tirando de los hilos de su concentración—. ¿De verdad se parece tanto al monstruo cuyo rastro siguió James desde Siberia?
Sus ojos se abrieron del todo, y después comenzaron a oscilar salvajemente entre Edward, Seth y yo, de uno en uno.
—¿No es el mismo? —gruñó con su voz de soprano, de niña pequeña—. ¡Es imposible!
—Nada es imposible —murmuró Edward, con la voz suave como el terciopelo mientras se acercaba a ella centímetro a centímetro—, excepto lo que tú quieres. Jamás la tocarás.
Ella sacudió la cabeza de manera rápida y entrecortada, intentando evitar sus movimientos de distracción y evadirlo pero él se colocó en el lugar apropiado para bloquearla tan pronto como ella pensó el plan. Su rostro se contorsionó de pura frustración y después se agazapó aún más, como una leona de nuevo, y atacó de forma deliberada hacia delante.
Victoria no estaba precisamente falta de experiencia ni era una neófita dirigida por sus instintos, sino que resultaba letal. Como yo conocía la diferencia entre ella y Riley, sabía que Seth no hubiera durado tanto si hubiera estado luchando contra esa vampira.
Edward también cambió de posición, conforme se acercaron el uno al otro, y aquello se convirtió en una lucha entre un león y una leona.
El baile aumentó de ritmo.
Una danza similar a la de Alice y Jasper en el prado, una espiral borrosa de movimientos, sólo que esta danza no estaba coreografiada de modo tan perfecto. Agudos crujidos y chasquidos reverberaban de la pared del acantilado, conforme alguien era desalojado de su lugar. Pero se movían tan rápido que no podía decir quién cometía los errores...
Riley se distrajo con ese violento ballet, con los ojos llenos de ansiedad por su compañera. Seth atacó de nuevo, arrancando de otro bocado un pequeño trozo del vampiro. Riley bramó y lanzó un tremendo golpe de revés que acertó de lleno en el amplio pecho de Seth. Su cuerpo enorme se elevó más de tres metros y chocó contra la pared rocosa sobre mi cabeza con una fuerza que pareció sacudir todo el pico de la montaña. Oí cómo se escapaba el aire de mis pulmones y salté fuera de su camino cuando él rebotó contra la piedra y cayó sobre el suelo a pocos metros de donde yo me hallaba.
Un bajo gimoteo se escapó de entre sus dientes.
Empezaron a caerme fragmentos agudos de roca sobre la cabeza, arañándome la piel desnuda. Una astilla de roca afilada me cayó encima del brazo derecho y la aferré irreflexivamente. Mis dedos se cerraron a su alrededor cuando se activaron mis propios instintos de supervivencia. Mi cuerpo se preparaba para luchar, sin preocuparse de lo poco efectivo que fuera el gesto, al no haber ocasión alguna para la huida.
Se me disparó la adrenalina en las venas. Notaba que la abrazadera me cortaba la palma y sentía las protestas de la fisura de mi nudillo. Era consciente de todo esto, pero a pesar de ello no podía sentir dolor.
Detrás de Riley, todo lo que se podía ver era la llama fluctuante del pelo de Victoria y un borrón blanco. Los chasquidos metálicos y los desgarrones aumentaban de ritmo, lo mismo que los jadeos y los siseos horrorizados, lo cual dejaba claro que el baile se estaba volviendo mortal para alguien.
Pero ¿para quién?
Riley se deslizó hacia mí, con los ojos rojos brillantes de furia. Miró hacia la montaña renqueante de pelo color arena que se encontraba entre nosotros y sus manos, destrozadas y rotas, se cerraron como garras. Abrió la boca del todo, con los dientes brillantes, como si se estuviera preparando para desgarrar la garganta de Seth.
Un segundo latigazo de adrenalina me atravesó como un choque eléctrico y de pronto lo vi todo claro.
Ambas luchas se desarrollaban demasiado cerca. Seth estaba a punto de perder la suya y no tenía ni idea de si Edward ganaba o perdía. Ambos necesitaban ayuda. Una distracción. Algo que les diera una oportunidad.
Mi mano aferró la astilla de piedra tan fuerte que uno de los soportes de la abrazadera se rompió.
¿Tendría la suficiente fuerza? ¿Sería lo bastante valiente? ¿Cuánta energía haría falta para enterrar la piedra rugosa en mi cuerpo?
¿Le daría eso a Seth el tiempo necesario para volver a ponerse en pie? ¿Se curaría lo bastante rápido como para que mi sacrificio le diera alguna oportunidad?
Con la punta aguda del fragmento me subí el grueso jersey hacia arriba para exponer la piel y después presioné la parte más afilada contra la arruga de mi codo. Allí tenía la larga cicatriz que me hice la noche de mi último cumpleaños, cuando derramé suficiente sangre como para captar la atención de todos los vampiros y dejarlos helados en sus sitios por un momento. Recé para que volviera a funcionar. Me envaré y aspiré un gran trago de aire.
Victoria se distrajo con el sonido de mi jadeo. Sus ojos, detenidos durante la mínima fracción de un segundo, se encontraron con los míos. En su expresión se mezclaban la furia y la curiosidad de una forma extraña.
No sé cómo pude escuchar ese pequeño ruido con todos los otros que reverberaban en la pared de piedra y me martilleaban el cerebro. El sonido de los latidos de mi propio corazón podría haber sido suficiente para haberlo ahogado. Pero en el mismo segundo en que miré a Victoria a los ojos, creo que fui capaz de oír un familiar suspiro exasperado.
En ese mismo corto segundo, el baile se detuvo de manera violenta. Pasó tan deprisa que ya había terminado antes de que yo pudiera seguir la secuencia exacta de los hechos. Intenté captarlos como pude en mi mente.
Victoria había salido volando del borrón y había chocado contra un alto abeto, más o menos a la mitad del tronco. Cayó sobre la tierra ya agazapada para saltar.
De forma simultánea, Edward, del todo invisible por la velocidad, se volvió a sus espaldas y cogió al desprevenido Riley por el brazo. Me pareció como si Edward plantara su pie contra su espalda y tirara hacia arriba...
El pequeño campamento se llenó con el taladrante aullido de agonía de Riley.
Al mismo tiempo, Seth saltó sobre sus patas y me ocultó la mayor parte de la visión.
Pero aún podía ver a Victoria. Y aunque parecía extrañamente deformada, como si fuera incapaz de enderezarse por completo, pude distinguir la sonrisa que atravesaba su rostro salvaje, la misma que aparecía en mis sueños.
Se agachó y saltó.
Algo pequeño y blanco silbó por el aire y colisionó con ella en pleno vuelo. El impacto sonó como una explosión, y la lanzó contra otro árbol, que esta vez se partió por la mitad. Volvió a aterrizar sobre sus pies, agazapada y preparada, pero Edward ya ocupaba su posición. Sentí cómo el alivio barría mi corazón cuando le vi de pie y en perfecto estado.
Victoria pateó algo a un lado con un golpe de su pie desnudo, el misil que había abortado su ataque. Vino dando vueltas hasta mí y me di cuenta de lo que era.
Se me encogió el estómago.
Los dedos todavía se retorcían. Aferrándose a las hojas de hierba, el brazo de Riley comenzó a moverse de forma convulsiva por el suelo.
Seth estaba de nuevo dando vueltas en torno a Riley, mientras éste se retiraba. Caminaba de espaldas ante el licántropo que avanzaba, con el rostro rígido por el dolor. Alzó su único brazo a la defensiva.
Seth cayó sobre Riley y el vampiro perdió el equilibrio. Vi al lobo hundir los dientes en el hombro de Riley y luego tirar, saltando hacia atrás de nuevo.
Con un chirrido metálico que taladraba los oídos, Riley perdió su otro brazo.
Seth sacudió la cabeza, lanzando la extremidad contra los árboles. El entrecortado ruido siseante que salió de entre sus dientes sonaba como una risita burlona.
Riley gritó con un lamento torturado.
—¡Victoria!
Ella ni siquiera se estremeció al oír el sonido de su nombre. Sus ojos ni siquiera hicieron el intento de moverse hacia su compañero.
Seth se lanzó hacia delante con la fuerza de una bola de demolición. El golpe les llevó a ambos entre los árboles, donde los chirridos metálicos eran acompañados por los gritos agónicos de Riley. Éstos cesaron de repente, mientras que continuaron los ruidos de trituración de la materia pétrea del cuerpo del vampiro.
Aunque no malgastó en Riley ni una mirada de despedida, Victoria pareció darse cuenta de que estaba sola. Comenzó a apartarse de Edward con una decepción infinita llameando en sus ojos. Me lanzó una corta mirada de anhelo y después empezó a retirarse más deprisa.
—No —canturreó suavemente Edward, con su voz seductora—. Quédate un poco más.
Ella aceleró y voló hacia el refugio del bosque como la flecha de un arco.
Pero Edward fue más rápido, como la bala de una pistola.
La agarró por la espalda desprotegida justo al borde de los árboles y el baile se acabó con un último y sencillo paso.
La boca de Edward se deslizó por su cuello como una caricia. El estruendo chirriante de los esfuerzos de Seth cubrió cualquier otro ruido, o no hubo ningún sonido distintivo que permitiera dar una imagen clara de violencia. Lo mismo podría haber estado besándola.
Y luego su ardiente maraña de pelo ya no siguió conectada al resto de su cuerpo. Las temblorosas olas anaranjadas de sus cabellos cayeron al suelo y dieron un salto antes de rodar hacia los árboles.
Suspiritos: LIBRO ECLIPSE
Monstruo
A pesar de que me hallaba dentro de la tienda, había mucha luminosidad cuando me desperté por la mañana y la luz del sol me hirió en los ojos. Sudaba la gota gorda, tal y como había predicho Jacob, que roncaba suavemente junto a mi oreja y mantenía los brazos enlazados alrededor de mi cuerpo.
Aparté la cabeza de su pecho caliente, casi enfebrecido, y sentí el aguijonazo de la mañana fría en mi mejilla bañada en sudor. El suspiró en sueños y apretó los brazos en torno a mí de forma inconsciente.
Incapaz de aflojar su abrazo, me retorcí en mi esfuerzo por elevar la cabeza lo suficiente para que mi mirada...
...se encontrase con la de Edward, que me contempló con expresión serena, aunque el dolor en sus ojos era incuestionable.
—¿Se está caliente ahí fuera? —murmuré.
—Sí. Dudo que hoy necesitemos la estufa.
Intenté alcanzar la cremallera, pero no logré liberar los brazos. Me estiré, luchando contra el peso inerte de Jacob, que susurró algo pese a estar por completo dormido, y me estrechó aún con más fuerza.
—¿Y si me ayudas? —le pregunté con calma.
Edward sonrió.
—¿Quieres que le aparte los brazos?
—No, gracias. Sólo libérame. Me va a dar un golpe de calor.
Edward abrió la cremallera del saco de dormir con un movimiento brusco y veloz. Jacob cayó hacia atrás dándose con la espalda desnuda en el suelo helado de la tienda.
—¡Eh! —se quejó, abriendo los ojos de golpe.
Se retorció y saltó por instinto para apartarse del frío. Al rodar, terminó cayendo sobre mí. Jadeé cuando su peso me dejó sin respiración, pero de pronto dejó de aplastarme. Sentí el impacto cuando Jacob salió volando contra uno de los palos de la tienda y ésta se sacudió.
Los gruñidos brotaron desde todas partes a mi alrededor. Edward se agazapaba delante de mí; no podía verle el rostro, pero los rugidos surgían enfurecidos de su pecho. Jacob también se había encorvado, con todo el cuerpo sacudido por los estremecimientos, mientras gruñía entre los dientes apretados. Las rocas devolvieron el eco de los feroces sonidos que Seth Clearwater emitía fuera de la tienda.
—¡Estaos quietos! ¡Parad! —grité, incorporándome con torpeza para interponerme entre los dos. El espacio era tan reducido que no necesité estirarme mucho para poner una mano en el pecho de cada uno de ellos. Edward enroscó un brazo alrededor de mi cintura preparado para apartarme del camino de un empujón—. ¡Deteneos ahora mismo! —les avisé.
Jacob comenzó a calmarse cuando notó el contacto de mi mano. Disminuyó la frecuencia de sus convulsiones, pero no dejó de exhibir los dientes ni apartó los enfurecidos ojos de Edward. Seth no dejó de proferir su aullido interminable, un violento contrapunto para el repentino silencio que se hizo en la tienda.
—¿Jacob? —le pregunté y me mantuve a la espera, hasta que finalmente bajó la mirada y la depositó en mí—. ¿Te has hecho daño?
—¡Claro que no! —masculló.
Me volví hacia Edward, que me miraba con una expresión dura y furiosa.
—Eso no ha estado bien. Deberías disculparte.
Sus ojos se dilataron de disgusto.
—Debes estar de broma. ¡Te estaba aplastando!
—¡Porque le tiraste al suelo! Ni lo hizo a propósito ni me ha hecho daño.
Edward refunfuñó y puso cara de asco, pero luego, con lentitud, elevó la mirada hacia Jacob con ojos claramente hostiles.
—Mis excusas, perro.
—No ha pasado nada —replicó Jacob, con un borde afilado y provocador en su voz.
Todavía hacía frío, aunque nada comparable a la helada nocturna. Crucé los brazos sobre el pecho.
—Ven —dijo Edward, tranquilo de nuevo. Tomó el anorak del suelo y me lo envolvió alrededor del abrigo.
—Es de Jacob —protesté.
—Él tiene un abrigo de pieles —insinuó Edward.
—Si no os importa, yo prefiero el saco de dormir —Jacob ignoró a Edward, nos eludió y se metió dentro—. No me apetece levantarme aún. No pasará a la historia por ser la noche en que mejor he dormido, desde luego.
—Fue idea tuya —repuso Edward, impasible.
Jacob se acurrucó, con los ojos ya cerrados, y bostezó.
—No he dicho que haya sido una mala noche, sino que he dormido poco. Pensé que Bella no iba a callarse nunca.
Me dio algo de vergüenza, preguntándome qué cosas habría podido decir en sueños. Las perspectivas eran horribles.
—Me alegro de que lo hayas disfrutado tanto —murmuró Edward.
Los ojos oscuros de Jacob parpadearon y se abrieron.
—Entonces, ¿tú no has pasado una buena noche? —preguntó, muy pagado de sí mismo.
—No ha sido la peor noche de mi vida.
—Pero ¿entra al menos entre las diez peores? —inquirió Jacob con un disfrute perverso.
—Posiblemente.
Jacob sonrió y entornó los párpados.
—Ahora bien —continuó Edward—, no figuraría entre las diez mejores si hubiera podido ocupar tu lugar. Sueña con eso.
Los ojos de Jacob se abrieron con una mirada hostil. Se sentó rígido y con los hombros tensos.
—¿Sabes qué? Creo que hay demasiada gente aquí dentro.
—No podría estar más de acuerdo.
Propiné un codazo a Edward en las costillas; probablemente iba a costarme un buen cardenal.
—En tal caso, supongo que ya me echaré luego una cabezada —Jacob puso mala cara—. De todos modos, debo hablar con Sam.
Se arrodilló y echó mano al deslizador de la cremallera.
Un dolor repentino zigzagueó por mi columna vertebral y se alojó en mi vientre en cuanto me di cuenta de que quizá no volviera a verle. Regresaba con Sam para luchar contra una horda de vampiros neófitos sedientos de sangre.
—Jacob, espera.
Estiré el brazo para retenerle, pero mi mano se escurrió por su brazo, y él lo agitó antes de que lograra aferrarlo.
—Jacob, por favor, ¿no podrías quedarte?
—No.
La negativa sonó dura y fría. Supe que mi rostro denotaba pena porque él espiró y una media sonrisa endulzó su expresión.
—No te preocupes por mí, Bella. Estaré bien, como siempre —soltó una risa forzada—. Además, ¿crees que voy a dejar que Seth ocupe mi lugar, se quede con toda la diversión y me robe la gloria? ¡Seguro! —bufó.
—Ten cuidado...
Salió de la tienda antes de que pudiera terminar la frase.
—Dame un respiro, Bella —le oí murmurar mientras cerraba la cremallera.
Agucé el oído para percibir el sonido de sus pasos al alejarse, pero no se oía nada. Ni el viento. Sólo escuché el canto matutino de los pájaros en las lejanas montañas. Jacob se movía ahora con sigilo.
Me acurruqué en mis ropas de abrigo y me dejé caer contra el hombro de Edward. Nos quedamos quietos un buen rato.
—¿Cuánto nos queda? —pregunté.
—Alice le ha dicho a Sam que tardarían alrededor de una hora —repuso Edward con voz sombría.
—Quiero que estemos juntos. Pase lo que pase.
—Pase lo que pase —asintió él, con los ojos fuertemente cerrados.
—Lo sé —comenté—. A mí también me aterroriza.
—Ellos saben cómo apañárselas —me aseguró Edward, haciendo que su voz sonara divertida a propósito —. Me fastidia perderme la diversión, eso es todo.
Otra vez con la diversión. Se me dilataron las ventanillas de la nariz.
Me pasó el brazo por los hombros.
—No te preocupes —me rogó; después, me besó en la frente.
Como si hubiera algo que pudiera impedirlo.
—Vale, vale.
—¿Quieres que te distraiga? —musitó él mientras deslizaba los dedos helados por mi pómulo.
Sin querer, me estremecí al sentir el roce gélido de sus dedos en la mejilla. Con semejante temperatura, no era momento para caricias tan frías.
—Quizá no sea la mejor ocasión —le repliqué mientras retiraba su mano—. Hay otras formas de distraerme.
—¿Qué te gustaría?
—Podrías contarme cuáles han sido tus diez mejores noches —le sugerí—. Me pica la curiosidad.
El se echó a reír.
—Intenta adivinarlas.
Sacudí la cabeza.
—Has vivido demasiadas noches de las que no sé nada, todo un siglo...
—Acotaré la cuestión. Las mejores han ocurrido desde que nos conocemos.
—¿De verdad?
—Sí, sin duda, y por un amplio margen.
Me quedé pensativa un minuto.
—Sólo puedo pensar en las mías —admití.
—Lo más probable es que coincidan —me alentó.
—Bueno, hay que contar con la primera noche, la que te quedaste conmigo.
—Sí, ésa es una de las mías también; aunque claro, tú estuviste inconsciente durante mi parte favorita.
—Llevas razón —recordé—. Aquella noche también estuve hablando.
—Sí —asintió.
Enrojecí mientras me preguntaba otra vez qué es lo que podría haber dicho mientras dormía en los brazos de Jacob. No podía recordar qué había estado soñando, o si en verdad había soñado, así que eso no me servía de ayuda.
—¿De qué hablé anoche? —murmuré en voz más baja que antes.
Se encogió de hombros en vez de contestar, y yo hice un gesto de dolor.
—¿Tan malo fue?
—No, no tanto —suspiró él.
—Por favor, dímelo.
—Principalmente me llamaste, lo mismo que de costumbre.
—Eso no tiene nada de malo —admití con cautela.
—Pero al final, sin embargo, empezaste a murmurar algo sin sentido sobre «Jacob, mi Jacob» —constaté su dolor incluso en el susurro de su voz—. Tu Jacob disfrutó lo suyo con esa parte.
Alargué el cuello hacia arriba, estirando los labios hasta alcanzar el borde de su mandíbula. Mantenía la vista clavada en la lona del techo, por lo que no pude verle los ojos.
—Lo siento —cuchicheé—. Ésa es la manera en que le distingo.
—¿Distingues?
—De ese modo, diferencio entre el doctor Jekyll y el señor Hyde, entre el Jacob que me gusta y ese que me pone de un humor de perros —le expliqué.
—Eso tiene sentido —sonó ligeramente aplacado—. Habíame de otra de tus noches favoritas.
—La que volamos de regreso desde Italia —frunció el ceño—. ¿No es una de las tuyas? —le pregunté.
—Sí, lo cierto es que sí, pero me sorprende que figure en tu lista. ¿No tenías la absurda impresión de que yo actuaba impulsado por la culpabilidad y de que iba a salir disparado en cuanto se abrieran las puertas del avión?
—Sí —sonreí—, pero, sin embargo, te quedaste.
Me besó los cabellos.
—Me amas más de lo que merezco.
Me reí ante la imposibilidad de esa idea.
—La siguiente fue la noche posterior a Italia —continué.
—Sí, ésa está en la lista. Estuviste muy divertida.
—¿Divertida? —objeté.
—No tenía ni idea de que tus sueños fueran tan vividos. Me costó lo indecible convencerte de que estabas despierta.
—Todavía no estoy segura —musité—. Siempre me has parecido más un sueño que una realidad. Dime una de las tuyas, venga. ¿He adivinado tu mejor noche?
—No. La mía fue hace dos días, cuando por fin accediste a casarte conmigo.
Le puse morros.
—¿Esa no está en tu lista?
Pensé en la manera en que me había besado, la concesión que le había arrancado y cambié de idea.
—Sí, sí que está, pero con reservas. No entiendo por qué es tan importante para ti. Ya me tienes para siempre.
—Dentro de cien años, cuando dispongas de una perspectiva suficiente para apreciar realmente la respuesta, te lo explicaré.
—Te recordaré que me lo cuentes... dentro de cien años.
—¿Estás bien calentita? —me preguntó de forma inopinada.
—Estoy bien —le aseguré—. ¿Por qué?
Un ensordecedor aullido de dolor desgarró el silencio imperante en el exterior antes de que pudiera contestar. El sonido reverberó en la roca desnuda de la montaña y llenó el aire de tal modo que podía sentirse llegar desde cualquier dirección.
El aullido invadió mi mente como un tornado, tan extraño como familiar; extraño porque nunca antes había oído un lamento tan torturado, familiar porque reconocí la voz de modo instantáneo, identifiqué el sonido y comprendí el significado con la misma seguridad que si se hubiera producido en mi interior.
No cambiaba nada el hecho de que Jacob no fuera humano cuando aullaba. No necesitaba traducción alguna.
Se hallaba muy cerca y había escuchado todas y cada una de mis palabras, y sentía un dolor agudo, como una agonía.
El aullido se quebró en un peculiar sollozo estrangulado y después se hizo el silencio de nuevo.
Esta vez tampoco fui capaz de escuchar su marcha, pero la sentí: reparé en la ausencia que antes había malinterpretado, noté el vacío que había dejado su partida.
—Parece que a tu estufa se le ha acabado el butano —respondió Edward con serenidad—. Se acabó la tregua —añadió, tan bajo que no podía estar realmente segura de lo que había dicho.
—Jacob estaba escuchando —farfullé. No era una pregunta.
—Sí.
—Tú lo sabías.
—Sí.
Miré al vacío, sin ver nada.
—Nunca prometí que sería una pelea limpia —me recordó sin perder la calma—, y merece saber qué hay.
Dejé caer la cabeza entre las manos.
—¿Estás enfadada conmigo? —inquirió.
—No, contigo no —mascullé—. Me horrorizo de mí misma.
—No te atormentes —me suplicó.
—Sí —admití con amargura—. Debo ahorrar energías para atormentar a Jacob un poco más, hasta que no deje un recoveco sano.
—El sabía lo que se traía entre manos.
—¿Y tú crees que eso importa? —la fragilidad de mi voz reflejaba con qué esfuerzo intentaba contener las lágrimas—. ¿Tú crees que a mí me preocupa si es o no juego limpio o si se le ha advertido de forma adecuada? Le he hecho daño, y cada vez que vuelvo al tema se lo sigo haciendo —fui elevando la voz, hasta la histeria—. Soy una persona odiosa.
Él me estrechó con más fuerza entre sus brazos.
—No, no lo eres.
—¡Sí lo soy! ¿Qué tornillo anda suelto en mi cabeza? —luché contra sus brazos y él me soltó—. Tengo que ir y encontrarle.
—Bella, él ya está a kilómetros de aquí y hace frío.
—No me importa. No me puedo quedar aquí sentada —me quité el anorak de Jacob, sacudí los pies dentro de las botas y me arrastré rígidamente hacia la puerta; sentía las piernas entumecidas—. Tengo que... debo ir...
No sabía cómo terminar la frase ni tampoco qué iba a hacer, pero de todos modos abrí la cremallera de la tienda y salí de un salto al exterior, donde lucía una mañana brillante y helada.
Supuse que el viento se habría llevado la nevisca. Era lo más plausible, ya que parecía improbable que se hubiera derretido por efecto del sol naciente que, desde el sudeste, proyectaba sus rayos sobre la nieve que había quedado. El reflejo me zahería, los ojos, poco habituados a una luz tan intensa. El aire tenía un filo cortante, pero estaba totalmente en calma y conforme el astro rey ascendía en el horizonte, con lentitud, se volvía cada vez más acorde con la estación.
Seth Clearwater se hallaba a la sombra de un abeto de copa ancha, con la cabeza entre las patas; se acurrucaba en un área alfombrada por pinaza, donde era casi invisible debido al parecido del color arena de su pelaje y el de las agujas de árbol secas. Le descubrí gracias al reflejo de la nieve en sus ojos abiertos, que me observaban con cierto aire acusatorio.
Me percaté de que Edward caminaba detrás de mí mientras avanzaba a trompicones entre los árboles. No le oía, pero la luz del sol incidía en su piel hasta crear un arco iris cuyo fulgor fluctuaba delante de mí. No hizo ademán de detenerme hasta que me interné varios metros en la zona sombreada del bosque.
Me tomó la muñeca izquierda con su mano. Yo le ignoré e intenté zafarme para quedarme libre.
—No puedes seguirle. Al menos, no hoy. Casi es la hora. Y el que te pierdas no ayudará a nadie, en cualquier caso.
Retorcí la muñeca, tirando inútilmente.
—Lo siento, Bella —susurró—. Lamento haberme comportado de ese modo.
—Tú no has hecho nada. Es culpa mía. He sido yo. Todo lo he hecho mal. Debería haber... cuando él... yo no tendría que... yo... —empecé a sollozar.
—Bella, Bella.
Deslizó sus brazos a mi alrededor y empapé su camiseta con mis lágrimas.
—Yo debería haberle contado... tendría que... haberle dicho... —¿qué?, ¿acaso había alguna manera de hacer bien aquello?—. Él no debería haberlo... sabido de esa forma.
—¿Quieres que intente traerle de vuelta para que puedas hablar con él? Todavía queda un poco de tiempo —susurró Edward, con la voz ahogada por la agonía.
Asentí contra su pecho, sin valor para mirarle a la cara.
—Quédate cerca de la tienda. Volveré pronto.
Sus brazos se desvanecieron, como él. Se marchó tan rápido que, en el segundo que tardé en levantar la mirada, ya no pude verle. Estaba sola.
Un nuevo sollozo irrumpió en mi pecho. Hoy estaba haciendo daño a todo el mundo. ¿Acaso debía perjudicar a todo aquel que tocara?
No entendía por qué me sentía tan mal. Al fin y al cabo, siempre había sabido que aquello iba a acabar pasando tarde o temprano, pero Jacob nunca había tenido una reacción como ésa, jamás se había venido abajo mostrando toda la intensidad de su angustia. El dolor de su aullido seguía hiriéndome en lo más hondo del pecho. Otra pena acompañaba al dolor. Pena por sentir lástima de Jacob. Pena también por herir a Edward. Por no ser capaz de dejar marchar a Jacob con serenidad, sabiendo que era lo correcto, que no quedaba otra salida.
Era una egoísta, hería a todo el mundo. Torturaba a aquellos a quienes amaba.
Me parecía a Cathy, el personaje de Cumbres borrascosas, sólo que mis opciones eran mucho mejores que las de ella, porque ni uno era tan malvado ni el otro tan débil. Y aquí estaba sentada, llorando por ello, sin hacer nada productivo para llevar las cosas por el buen camino. Exactamente igual que Cathy.
Lo que me hería no debía influir más en mis decisiones. No había de permitirlo. Esta decisión valía de poco, llegaba demasiado tarde, pero a partir de ahora tendría que hacer lo correcto.
Tal vez ya se había terminado todo. Quizás Edward no pudiera traérmelo de nuevo. En tal caso, yo debería aceptarlo y continuar con mi vida. Edward no me volvería a ver nunca derramar otra lágrima por Jacob Black. Los sollozos tenían que terminarse. Me enjugué la última lágrima con los dedos, fríos de nuevo.
Ahora bien, si Edward lograba traer a Jacob, habría de pedirle que se marchara de mi vida para nunca volver.
¿Por qué me resultaba tan difícil? Era muchísimo más arduo que decir adiós a mis otros amigos, a Angela, a Mike. ¿Por qué me hacía tanto daño? Eso no estaba bien. No debería hacerme sentir tan mal. Ya tenía lo que quería. No podía tenerles a los dos, porque Jacob no se conformaba con ser sólo mi amigo. Ya era hora de que abandonara la idea. ¿Cómo podía ser tan ridiculamente avariciosa?
Debía desprenderme de ese sentimiento irracional de que Jacob pertenecía a mi vida. El no podía ser para mí, no podía ser «mi» Jacob cuando yo me había entregado a otra persona.
Caminé con lentitud hacia el pequeño claro, arrastrando los pies. Cuando llegué al espacio abierto, parpadeando por la claridad de la luz, lancé un rápido vistazo a Seth, que no se había movido de su lecho de agujas de pino, y después miré a lo lejos para evitar sus ojos.
Me daba cuenta de que tenía el pelo enmarañado, retorcido en manojos como las serpientes de Medusa. Intenté pasar los dedos entre los mechones, pero pronto lo dejé. De todos modos, ¿a quién le importaba mi aspecto?
Cogí la cantimplora que colgaba al lado de la puerta de la tienda y la sacudí. Sonó un chapoteo, por lo que desenrosqué la tapa y tomé un sorbo para enjuagarme la boca con el agua helada. Había comida en algún sitio de por allí, pero no tenía hambre suficiente como para ponerme a buscarla. Comencé a pasear nerviosamente de un lado para otro a través del pequeño espacio lleno de luz, sintiendo los ojos de Seth sobre mi persona todo el rato. Como no le miraba, en mi mente seguía viéndole más como un chico que como un lobo gigante. Más parecido al joven Jacob.
Quise pedirle a Seth que ladrara o hiciera algún otro signo si Jacob regresaba, pero me abstuve. No importaba si volvía o no, de hecho, sería mucho más fácil si no lo hacía. Deseaba que hubiera alguna manera de llamar a Edward.
Seth aulló en ese momento y se incorporó sobre sus patas.
—¿Qué pasa? —le pregunté estúpidamente.
Él me ignoró, correteó hasta la linde del bosque y apuntó hacia el oeste con la nariz. Comenzó a gimotear.
—¿Son los otros, Seth? —inquirí—. ¿En el claro?
Me miró y gañó con debilidad una sola vez; después, giró el hocico de nuevo en dirección oeste. Echó las orejas hacia atrás y volvió a aullar.
¿Por qué era tan idiota? ¿En qué estaba yo pensando cuando envié a Edward lejos de allí? ¿Cómo se suponía que iba yo a saber lo que estaba pasando? No hablaba el idioma de los lobos.
Un sudor frío comenzó a deslizarse por mi columna. ¿Y si se había agotado ya el tiempo? ¿Y si Edward y Jacob se habían acercado demasiado a la zona de peligro? ¿Qué pasaría si Edward decidía unirse a la lucha?
Un pánico helado anidó en mi estómago. ¿Y si la inquietud de Seth no tenía nada que ver con el claro y su aullido era una negación? ¿Y si Jacob y Edward estaban luchando el uno contra el otro en algún lugar lejano del bosque? No harían una cosa así, ¿verdad?
Me di cuenta, con una repentina y escalofriante certeza, de que eso es lo que ocurriría si cualquiera de los dos pronunciaba las palabras equivocadas. Pensé en el tenso enfrentamiento de la tienda esa mañana y me pregunté si no había subestimado lo cerca que había estado de estallar una lucha real.
No merecía menos si, de algún modo, perdía a los dos.
Mi corazón quedó apresado en el frío.
Antes de que me fuera a desmayar del susto, un gruñido ligero salió del interior del pecho de Seth; después, abandonó la vigilancia y volvió a su lugar de descanso. Eso me calmó, pero me irritó a la vez. ¿Es que no podía escribir un mensaje en el suelo con la pata o algo así?
La agitación de mi caminata me había hecho sudar debajo de todas las capas de ropa que llevaba. Arrojé la chaqueta dentro de la tienda y después volví a abrirme camino hacia el centro del pequeño calvero.
De pronto, Seth saltó sobre sus patas con el pelo de detrás del cuello completamente erizado. Miré alrededor sin ver nada. Iba a acabar tirándole una pina como continuara con ese comportamiento.
Gruñó, un sonido bajo de advertencia, mientras subía con sigilo hasta el extremo occidental. Me dominó otra vez la misma impaciencia.
—Somos nosotros, Seth —gritó Jacob desde una cierta distancia.
Intenté explicarme a mí misma por qué mi corazón había metido la quinta en cuanto le escuché. Era sólo miedo a lo que debía hacer, eso era todo. No me iba a permitir a mí misma sentirme aliviada por el simple motivo de que hubiera regresado. Desde luego, aquello hubiera sido muy poco práctico por mi parte.
Edward apareció primero ante mi vista, con el rostro inexpresivo y tranquilo. Cuando salió de las sombras, el sol relumbró sobre su piel como lo había hecho antes en la nieve. Seth acudió a saludarle, mirándole intencionadamente a los ojos. Edward asintió con lentitud y la preocupación le llenó de arrugas la frente.
—Sí, eso es todo lo que necesitamos —murmuró para sus adentros antes de dirigirse al gran lobo—. Supongo que no debería sorprendernos, pero vamos a ir un poco apurados, le va a andar muy cerca. Por favor, dile a Sam que le pida a Alice que intente concretar aún más el esquema.
Seth asintió bajando la cabeza una vez y yo deseé ser capaz de aullar. Vaya, ahora sí había podido asentir. Volví la cara, enfadada, y me di cuenta de que Jacob estaba allí.
Me había dado la espalda, quedando de frente al lugar por el que había llegado. Esperé con cautela a que se diera la vuelta.
Edward apareció a mi lado de repente. Agachó la cabeza para mirarme sin que en sus ojos hubiera otra cosa que no fuera la más pura preocupación. Su generosidad era infinita. En esos momentos, me lo merecía menos que nunca.
—Bella —susurró Edward—. Ha surgido una pequeña complicación. Me voy a llevar a Seth un poco más allá para intentar solventarla —me dijo con una voz estudiadamente desprovista de preocupación—. No me iré lejos, pero tampoco podré oírte. Ya sé que no quieres público y no me importa que escojas el camino que quieras.
El dolor no irrumpió en su voz hasta el final del todo.
No debía herirle nunca más. Ésa tenía que ser mi misión en la vida. Yo no debía volver a ser el motivo por el que esa mirada asomara a sus ojos. Estaba demasiado aturdida incluso para preguntarle en qué consistía el problema. Bastante era con lo que tenía encima en esos momentos.
—Apresúrate —le susurré.
Me dio un beso suave en los labios antes de desaparecer en el bosque con Seth a su lado.
Jacob estaba quieto a la sombra de los árboles, lo cual me impedía ver su expresión con claridad.
—Tengo prisa, Bella —empezó con tono de aburrimiento en la voz—. ¿Por qué no acabas con esto de una vez?
Tragué saliva, con la garganta súbitamente tan seca que no estaba segura de poder articular sonido alguno.
—Limítate a soltarlo, y terminemos de una vez.
Inhalé un gran trago de aire.
—Siento ser tan mala persona —murmuré—. Lamento haber sido tan egoísta. Desearía no haberme encontrado nunca contigo para no herirte como lo he hecho. No lo haré más, te lo prometo. Me mantendré apartada de ti. Me mudaré fuera del estado. No tendrás que volver a verme nunca jamás.
—Eso no se parece en nada a una disculpa —replicó con amargura.
No pude elevar mi voz por encima del sonido de un susurro.
—Dime cómo se hace bien.
—¿Qué pasa si no quiero que te vayas? ¿Qué pasa si quiero que te quedes, seas egoísta o no? ¿Acaso no tengo opinión si lo único que haces es ponérmelo cada vez más difícil?
—Eso no serviría de nada, Jake. Es un error que sigamos viéndonos cuando ambos queremos cosas distintas por completo. La situación no va a mejorar. Seguiré haciéndote daño y odio hacerlo —se me quebró la voz.
Él suspiró.
—Detente. No tienes que decir nada más. Lo comprendo.
Quería decirle cuánto le echaría de menos, pero me mordí la lengua. Eso tampoco ayudaría en nada. Se quedó quieto un momento, con la vista clavada en el suelo, y luché contra la necesidad acuciante de ir a abrazarle para darle consuelo.
Y entonces su cabeza se irguió de manera repentina.
—Bien, tú no eres la única capaz de sacrificarse a sí misma —repuso, con la voz más fuerte—. A ese juego pueden jugar dos.
—¿Qué?
—Yo también me he portado bastante mal y te lo he puesto más difícil de lo necesario. Podía haberme retirado con elegancia al principio..., y también te he hecho daño.
—Ha sido culpa mía.
—No voy a dejar que cargues tú con todas las culpas, Bella, ni con toda la gloria. Sé cómo redimirme.
—¿De qué estás hablando? —inquirí.
Me asustaba el brillo fanático que de pronto había iluminado sus ojos. Alzó la vista al cielo; luego, me sonrió.
—Se cuece por ahí una lucha encarnizada de veras. No sería tan difícil que yo cayera en ella.
Sus palabras penetraron en mi cerebro lentamente, una por una, y no pude respirar. A pesar de todas mis intenciones respecto a sacar a Jacob de forma definitiva de mi vida, no me di cuenta hasta ese preciso instante de cuánto tendría que hundir el cuchillo para conseguirlo.
—¡Oh no, Jake! No, no, no, no —grité horrorizada—. No, Jake, no. Por favor, no —empezaron a temblarme las rodillas.
—¿Cuál es la diferencia, Bella? Eso sería lo más conveniente para todos, sencillo, y ni siquiera tendrías que mudarte.
—¡No! —elevé la voz—. ¡No, Jacob! ¡No lo permitiré!
—¿Y cómo me detendrás? —me tentó con acento ligero, sonriendo para quitarle hierro a su tono de voz.
—Jacob, te lo suplico. Quédate conmigo —me habría arrodillado de haber sido capaz de moverme.
—¿Durante quince minutos, mientras me pierdo una buena pelea, para que luego me abandones en cuanto pienses que ya estoy a salvo? Debes de estar de guasa.
—No huiré. He cambiado de idea. Buscaremos alguna solución, Jacob, siempre hay alguna manera de llegar a un arreglo. ¡No vayas!
—Mientes.
—No. Ya sabes qué mal se me da mentir. Mírame a los ojos. Me quedaré si tú también lo haces.
Su rostro se endureció.
—¿Para ser tu testigo en la boda?
Pasó un momento antes de que yo pudiera articular palabra y aun así la única respuesta que le pude dar fue:
—Por favor.
—Eso es lo que pensaba —repuso, serenando de nuevo su expresión, a pesar del brillo turbulento de sus ojos—. Te quiero, Bella —murmuró.
—Te quiero, Jacob —respondí con voz rota.
Él sonrió.
—Eso lo sé mejor que tú.
Se volvió para marcharse.
—Haré cualquier cosa —le grité con voz estrangulada—, lo que quieras, Jacob. ¡No vayas!
El se detuvo y se giró con lentitud.
—No creo que en realidad quieras decir eso.
—Quédate —le supliqué.
Sacudió la cabeza.
—No —se paró momentáneamente, como si estuviera tomando alguna decisión—. Me voy y dejaremos que decida el destino.
—¿Qué quieres decir? —pregunté con voz ahogada.
—No haré nada con premeditación. Me limitaré a luchar lo mejor posible por mi manada y dejaré que ocurra lo que tenga que ocurrir —se encogió de hombros—. Salvo que tú quieras convencerme de que en verdad quieres que regrese, sin que te hagas la desinteresada.
—¿Cómo?
—Podrías pedírmelo —sugirió.
—Vuelve —murmuré. ¿Cómo podía él dudar de qué era lo que quería?
Sacudió la cabeza y volvió a sonreír.
—No es de eso de lo que estoy hablando.
Me llevó un segundo entender a qué se refería, y durante todo el rato él estuvo mirándome con su expresión suficiente, bien seguro de cuál sería mi reacción. Tan pronto como me di cuenta, sin embargo, solté las palabras sin pararme a contemplar el coste que acarrearían.
—¿Quieres besarme, Jacob?
Abrió los ojos a causa de la sorpresa, pero luego los entornó, suspicaz.
—Me tomas el pelo.
—Bésame, Jacob. Bésame y luego regresa.
Él vaciló entre las sombras mientras se debatía consigo mismo. Se volvió a medias hacia el oeste, con el torso dándome ligeramente la espalda, aunque sus pies continuaban plantados en el mismo sitio. Todavía mirando hacia lo lejos, dio un paso inseguro en mi dirección, y después otro. Volvió el rostro para mirarme, lleno de dudas.
Le devolví la mirada. No tenía ni idea de cuál era la expresión de mi rostro.
Jacob vaciló sobre sus talones y después se tambaleó hacia delante, salvando la distancia que había entre nosotros en tres grandes zancadas.
Sabía que se aprovecharía de la situación. Lo esperaba. Me quedé muy quieta, con los puños cerrados a ambos costados, mientras él tomaba mi cabeza entre sus manos y sus labios se encontraban con los míos con un entusiasmo rayano en la violencia.
Pude sentir su ira conforme su boca descubría mi resistencia pasiva. Movió una mano hacia mi nuca, encerrando mi cabello desde las raíces en un puño retorcido. La otra mano me aferró con rudeza el hombro, sacudiéndome y después arrastrándome hacia su cuerpo. Su mano se deslizó por mi brazo, asiendo mi muñeca y poniendo mi brazo alrededor de su cuello. Lo dejé allí, con la mano todavía encerrada en un puño, insegura de cuan lejos estaba a dispuesta a llegar en mi desesperación por mantenerle vivo. Durante todo este tiempo, sus labios, desconcertantemente suaves y cálidos, intentaban forzar una respuesta en los míos.
Tan pronto como se aseguró de que no dejaría caer el brazo, me liberó la muñeca y buscó el camino hacia mi cintura. Su mano ardiente se asentó en la parte más baja de mi espalda y me aplastó contra su cuerpo, obligándome a arquearme contra él.
Sus labios liberaron los míos durante un momento, pero sabía que ni mucho menos había terminado. Siguió la línea de mi mandíbula con la boca y después exploró toda la extensión de mi cuello. Me soltó el pelo y buscó el otro brazo para colocarlo alrededor de su cuello como había hecho con el primero.
Y entonces sus brazos se cerraron en torno a mi cintura y sus la bios encontraron mi oreja.
—Puedes hacerlo mucho mejor, Bella —susurró hoscamente—. Te lo estás tomando con mucha calma.
Me estremecí cuando sentí cómo sus dientes se aferraban al lóbulo de mi oreja.
—Eso está bien —cuchicheó—. Por una vez, suéltate, disfruta lo que sientes.
Sacudí la cabeza de modo mecánico hasta que una de sus manos se deslizó otra vez por mi pelo y me detuvo.
Su voz se tornó acida.
—¿Estás segura de que quieres que regrese o lo que en realidad deseas es que muera?
La ira me inundó como un fuerte calambre después de un golpe duro. Esto ya era demasiado, no estaba jugando limpio.
Mis brazos estaban alrededor de su cuello, así que cogí dos puñados de pelo, ignorando el dolor lacerante de mi mano derecha y luché por soltarme, intentando apartar mi rostro del suyo.
Y Jacob me malinterpretó.
Era demasiado fuerte para darse cuenta de que mis manos querían causarle daño, de que intentaba arrancarle el pelo desde la raíz. En vez de ira, creyó percibir pasión. Pensó que al fin le correspondía.
Con un jadeo salvaje, volvió su boca contra la mía, con los dedos clavados frenéticamente en la piel de mi cintura.
El ramalazo de ira desequilibró mi capacidad de autocontrol; su respuesta extática, inesperada, me sobrepasó por completo. Si sólo hubiera sido cuestión de orgullo habría sido capaz de resistirme, pero la profunda vulnerabilidad de su repentina alegría rompió mi determinación, me desarmó. Mi mente se desconectó de mi cuerpo y le devolví el beso. Contra toda razón, mis labios se movieron con los suyos de un modo extraño, confuso, como jamás se habían movido antes, porque no tenía que ser cuidadosa con Jacob y desde luego, él no lo estaba siendo conmigo. Mis dedos se afianzaron en su pelo, pero ahora para acercarlo a mi.
Lo sentía por todas partes. La luz incisiva del sol había vuelto mis párpados rojos, y el calor iba bien con el calor. Había ardor por doquier. No podía ver ni sentir nada que no fuera Jacob.
La pequeñísima parte de mi cerebro que conservaba la cordura empezó a hacer preguntas.
¿Por qué no detenía aquello? Peor aún, ¿por qué ni siquiera encontraba en mí misma el deseo de detenerlo? ¿Qué significaba el que no quisiera que Jacob parara? ¿Por qué mis manos, que colgaban de sus hombros, se deleitaban en lo amplios y fuertes que eran? ¿Por qué no sentía sus manos lo bastante cerca a pesar de que me aplastaban contra su cuerpo?
Las preguntas resultaban estúpidas, porque yo sabía la verdad: había estado mintiéndome a mí misma.
Jacob tenía razón. Había tenido razón todo el tiempo. Era más que un amigo para mí. Ése era el motivo porque el que me resultaba tan difícil decirle adiós, porque estaba enamorada de él. También. Le amaba mucho más de lo que debía, pero a pesar de todo, no lo suficiente. Estaba enamorada, pero no tanto como para cambiar las cosas, sólo lo suficiente para hacernos aún más daño. Para hacerle mucho más daño del que ya le había hecho con anterioridad.
No me preocupé por nada más que no fuera su dolor. Yo me merecía cualquier pena que esto me causara. Esperaba además que fuera mucha. Esperaba sufrir de verdad.
En este momento, parecía como si nos hubiéramos convertido en una sola persona. Su dolor siempre había sido y siempre sería el mío y también su alegría ahora era mi alegría. Y sentía esa alegría, pero también que su felicidad era, de algún modo, dolor. Casi tangible, quemaba mi piel como si fuera ácido, una lenta tortura.
Por un larguísimo segundo, que parecía no acabarse nunca, un camino totalmente diferente se extendió ante los párpados de mis ojos colmados de lágrimas. Parecía que estuviera mirando a través del filtro de los pensamientos de Jacob, vi con exactitud lo que iba a abandonar, lo que este nuevo descubrimiento no me salvaría de perder. Pude ver a Charlie y Renée mezclados en un extraño collage con Billy y Sam en La Push. Pude ver el paso de los años y su significado, ya que el tiempo me hacía cambiar. Pude ver al enorme lobo cobrizo que amaba, siempre alzándose protector cuando lo necesitaba. En el más infinitesimal fragmento de ese segundo, vi las cabezas inclinadas de dos niños pequeños, de pelo negro, huyendo de mí en el bosque que me era tan familiar. Cuando desaparecieron, se llevaron el resto de la visión con ellos.
Y entonces, con absoluta nitidez, sentí cómo se escindía esa pequeña parte de mí a lo largo de una fisura en mi corazón y se desprendía del todo.
Los labios de Jacob todavía estaban donde antes habían estado los míos. Abrí los ojos y me estaba mirando, maravillado con cada detalle.
—Tengo que irme —susurró.
—No.
Sonrió, satisfecho por mi respuesta.
—No tardaré mucho —me prometió—, pero una cosa primero...
Se inclinó para besarme de nuevo y ya no había motivo para resistirse. ¿Qué sentido tenía?
Esta vez fue diferente. Sus manos se deslizaron con suavidad por mi rostro y sus labios cálidos fueron suaves, inesperadamente indecisos. Duró poco, y fue dulce, muy dulce.
Sus brazos se cerraron a mi alrededor y me abrazó con seguridad mientras me murmuraba al oído.
—Éste debería haber sido nuestro primer beso. Mejor tarde que nunca.
Contra su pecho, donde él no podía verme, mis lágrimas brotaron y se derramaron por mis mejillas.
Suspiritos: LIBRO ECLIPSE
Hielo y fuego
La tienda de campaña se estremeció bajo el azote del viento, y yo con ella.
El termómetro caía en picado. Una gelidez punzante atravesaba el saco de dormir y la chaqueta, estaba helada a pesar de hallarme completamente vestida, incluso con las botas de montaña anudadas. ¿Cómo podía hacer tanto frío? ¿Cómo podía seguir bajando la temperatura? Tendría que parar alguna vez, ¿no?
—¿Qu-ué hooora es? —me esforcé en pronunciar las palabras, una tarea casi imposible con aquel castañeteo de dientes.
—Las dos —contestó Edward, sentado lo más lejos posible de mí...
...en aquel espacio tan exiguo, temeroso casi de respirar cerca, teniendo en cuenta lo helada que estaba. El interior de la tienda estaba demasiado oscuro para que distinguiera su rostro con claridad, pero su voz sonaba desesperada por la preocupación, la indecisión y el chasco.
—Quizá...
—No, estoy bbbien, la werdad. No qqquiero salir ffuera.
Ya había intentado convencerme al menos una docena de veces de que saliéramos pitando de allí, pero a mí me aterrorizaba la perspectiva de abandonar el refugio. Si ya hacía frío en la tienda, donde me encontraba a resguardo del viento rugiente, podía imaginarme lo horrible que sería si saliéramos corriendo al exterior.
Y además daría al traste con todos los esfuerzos hechos durante la tarde. ¿Tendríamos tiempo suficiente para recuperarnos cuando pasara la tormenta? ¿Y si no se acababa? Era ilógico moverse ahora. Podía sobrevivir a toda una noche de tiritona.
Me preocupaba que se hubiera perdido el rastro que había dejado, pero él me prometió que los monstruos que venían lo encontrarían con facilidad.
—¿Qué puedo hacer yo? —me dijo, en tono de súplica.
Yo me limité a sacudir la cabeza.
En el exterior, bajo la nieve, Jacob aullaba de frustración.
—Vwete dee aquí —le ordené de nuevo.
—Sólo está preocupado por ti —me tradujo Edward—. Se encuentra bien. Su cuerpo está preparado para capear esto.
—E-e-e-e-e.
Quise decirle que aun así debía marcharse, pero la idea se me quedó enganchada entre los dientes. Me esforcé, y estuve a punto de despellejarme la lengua en el intento. Al menos, Jacob sí parecía estar bien equipado para la nieve, mejor incluso que el resto de su manada, ya que su piel cobriza era más gruesa y greñuda. Me pregunté a qué se debería eso.
Jacob volvió a gimotear, en tonos muy agudos, un lamento que crispaba los nervios.
—¿Qué quieres que haga? —gruñó Edward, demasiado nervioso ya para andarse con delicadezas—. ¿Que la saque con la que está cayendo? No sé en qué puedes ser tú útil. ¿Por qué no vas por ahí a buscarte un sitio más caliente o lo que sea?
—Estoy bbbieenn —protesté.
A juzgar por el gruñido de Edward y el enmudecimiento del aullido que sonaba fuera de la carpa no había conseguido convencer a nadie. El viento zarandeó la tienda con fuerza y yo me estremecí a su ritmo.
Un aullido repentino desgarró el rugido del viento y me cubrí los oídos para no escuchar el ruido. Edward puso mala cara.
—Eso apenas va a servir de nada —masculló—, y es la peor idea que he oído en mi vida —añadió en voz más alta.
—Mejor que cualquier cosa que se te haya ocurrido a ti, seguro —repuso Jacob; me llevé una gran sorpresa al oír su voz humana—. «¿Por qué no vas por ahí a buscarte un sitio más caliente?» —remedó entre refunfuños—. ¿Qué te crees que soy? ¿Un san bernardo?
Oí el zumbido de la cremallera de la entrada de la carpa al abrirse.
Jacob la descorrió lo menos que pudo, pero le fue imposible penetrar en la tienda sin que por la pequeña abertura se colara el aire glacial y unos cuantos copos de nieve, que cayeron al piso de lona. Me agité de una forma tan violenta que el temblor se transformó en una convulsión en toda regla.
—Esto no me gusta nada —masculló Edward mientras Jacob volvía a cerrar la cremallera de la entrada—. Limítate a darle el abrigo y sal de aquí.
Mis ojos se habían adaptado lo suficiente para poder distinguir las formas. Vi que Jacob traía el anorak que había estado colgado de un árbol al lado de la tienda.
Intenté preguntar que de qué estaban hablando, pero todo lo que salió de mis labios fue «qqquuqqquu», ya que el temblequeo me hacía tartamudear de forma descontrolada.
—El anorak es para mañana, ahora tiene demasiado frío para que pueda calentarse por sí misma. Está helada —se dejó caer al suelo junto a mí—. Dijiste que ella necesitaba un lugar más caliente y aquí estoy yo —Jacob abrió los brazos todo lo que le permitió la anchura de la tienda. Como era habitual cuando corría en forma de lobo, sólo llevaba la ropa justa: unos pantalones, sin camiseta ni zapatos.
—Jjjjaakkee, ttteee vas a cccoonnggelar —intenté protestar.
—Lo dudo mucho —contestó él alegremente—. He conseguido alcanzar casi cuarenta y tres grados estos días, parezco una tostadora. Te voy a tener sudando en un pispas.
Edward rugió, pero Jacob ni siquiera se volvió a mirarle. En lugar de eso, se acuclilló a mi lado y empezó a abrir la cremallera de mi saco de dormir.
La mano blanca de Edward aprisionó de repente el hombro de Jacob, sujetándole, blanco niveo contra piel oscura. La mandíbula de Jacob se cerró con un golpe audible, se le dilataron las aletas de la nariz y su cuerpo rehuyó el frío contacto. Los largos músculos de sus brazos se flexionaron automáticamente en respuesta.
—Quítame las manos de encima —gruñó entre dientes.
—Pues quítaselas tú a ella —respondió Edward con tono de odio.
—Nnnnooo luuuchéis —supliqué. Me sacudió otro estremecimiento. Parecía que se me iban a partir los dientes de lo fuerte que chocaban unos contra otros.
—Estoy seguro de que ella te agradecerá esto cuando los dedos se le pongan negros y se le caigan —repuso Jacob con brusquedad.
Edward dudó, pero al final soltó a su rival y regresó a su posición en la esquina.
—Cuida lo que haces —advirtió con voz fría y aterradora.
Jacob se rió entre dientes.
—Hazme un sitio, Bella —dijo mientras bajaba un poco más la cremallera.
Le miré indignada. Ahora entendía la virulenta reacción de Edward.
—N-n-n-no —intenté protestar.
—No seas estúpida —repuso, exasperado—. ¿Es que quieres dejar de tener diez dedos?
Embutió su cuerpo a la fuerza en el pequeño espacio disponible, forzando la cremallera a cerrarse a su espalda.
Y entonces tuve que cejar en mis objeciones, no tenía ganas de soltar ni una más. Estaba muy calentito. Me rodeó con sus brazos y me apretó contra su pecho desnudo de manera cómoda y acogedora. El calor era irresistible, como el aire cuando has pasado sumergido demasiado tiempo. Se encogió cuando apreté con avidez mis dedos helados contra su piel.
—Ay, Bella, me estás congelando —se quejó.
—Lo ssssienttoo —tartamudeé.
—Intenta relajarte —me sugirió mientras otro estremecimiento me atravesaba con violencia—. Te caldearás en un minuto. Aunque claro, te calentarías mucho antes si te quitaras la ropa.
Edward gruñó de pronto.
—Era sólo un hecho constatable —se defendió Jacob—. Cuestión de mera supervivencia, nada más.
—-Ca-calla ya, Ja-jakee —repuse enfadada, aunque mi cuerpo no hizo amago de apartarse de él—. Nnnnadie nnnnecesssita to-todos los de-dedddos.
—No te preocupes por el chupasangres —sugirió Jacob, pagado de sí mismo—. Únicamente está celoso.
—Claro que lo estoy —intervino Edward, cuya voz se había vuelto de nuevo de terciopelo, controlada, un murmullo musical en la oscuridad—. No tienes la más ligera idea de cuánto desearía hacer lo que estás haciendo por ella, chucho.
—Así son las cosas en la vida —comentó Jacob en tono ligero, aunque después se tornó amargo—. Al menos sabes que ella querría que fueras tú.
—Cierto —admitió Edward.
Los temblores fueron amainando y se volvieron soportables mientras ellos discutían.
—Ya —exclamó Jacob, encantado—. ¿Te sientes mejor?
Al fin pude articular con claridad.
—Sí.
—Todavía tienes los labios azules —reflexionó Jacob—. ¿Quieres que te los caliente también? Sólo tienes que pedirlo.
Edward suspiró profundamente.
—Compórtate —le susurré, apretando la cara contra su hombro.
Se encogió de nuevo cuando mi piel fría entró en contacto con la suya y yo sonreía con una cierta satisfacción vengativa.
Ya me había templado y me hallaba cómoda dentro del saco de dormir. El cuerpo de Jacob parecía irradiar calor desde todos lados, quizá también porque había metido en el interior del saco su enorme corpachón. Me quité las botas en dos tirones y presioné los dedos de los pies sobre sus piernas. Dio un respingo, pero después ladeó la cabeza para apretar su mejilla cálida contra mi oreja entumecida.
Me di cuenta de que la piel de Jacob tenía un olor a madera, almizcleño, que era muy apropiado para el lugar donde nos encontrábamos, en mitad de un bosque. Resultaba estupendo. Me pregunté si los Cullen y los quileute no estaban todo el día con esta monserga del olor simplemente por puro prejuicio, ya que para mí, todos ellos olían de forma magnífica.
La tormenta aullaba en el exterior como si fuera un animal atacando la tienda, pero ahora ya no me inquietaba. Jacob estaba a salvo del frío, igual que yo. Además, estaba demasiado cansada para preocuparme por nada, fatigada de estar despierta hasta tan tarde y dolorida por los espasmos musculares. Mi cuerpo se relajó con lentitud mientras me descongelaba, parte por parte y después se quedó flojo.
—¿Jake? —musité medio dormida—. ¿Puedo preguntarte algo? No estoy de broma ni nada parecido. «Es sólo curiosidad, nada más» —eran las mismas palabras que él había usado en mi cocina. .. no podía recordar ya cuánto tiempo hacía de eso.
—Claro —rió entre dientes al darse cuenta y recordar.
—¿Por qué tienes más pelo que los demás? No me contestes si te parece una grosería —no conocía qué reglas de etiqueta regían en la cultura lupina.
—Porque mi pelo es más largo —contestó, divertido. Al menos mi pregunta no le había ofendido. Sacudió la cabeza de forma que su pelo sin recoger, que ahora ya le llegaba hasta la barbilla, me golpeó la mejilla.
—Ah —me sorprendió, pero la verdad es que tenía sentido. Así que ése era el motivo por el cual ellos se rapaban al principio, cuando se unían a la manada—. ¿Por qué no te lo cortas? ¿Te gusta ir lleno de greñas?
Esta vez no me respondió enseguida, y Edward se rió a la sordina.
—Lo siento —intervine, haciendo un alto para bostezar—. No pretendía ser indiscreta. No tienes por qué contestarme.
Jacob profirió un sonido enfurruñado.
—Bah, él te lo va a contar de todos modos, así que mejor te lo digo yo... Me estaba dejando crecer el pelo porque... me parecía que a ti te gustaba más largo.
—Oh —me sentí incómoda—. Esto... yo... me gusta de las dos maneras, Jake. No tienes por qué molestarte.
Él se encogió de hombros.
—De todas formas ha venido muy bien esta noche, así que no te preocupes por eso.
No tenía nada más que decir. Se hizo un silencio prolongado en medio del cual los párpados me pesaban cada vez más y al final, agotada, cerré los ojos. El ritmo de mi respiración disminuyó hasta alcanzar una cadencia regular.
—Eso está bien, cielo, duerme —susurró Jacob.
Yo suspiré, satisfecha, ya casi inconsciente.
—Seth está aquí —informó Edward a Jacob con un hilo de voz; de pronto, comprendí el asunto de los aullidos.
—Perfecto. Ahora ya puedes estar al tanto de lo que pasa mientras yo cuido a tu novia por ti.
Edward no replicó, pero yo gruñí medio grogui.
—Déjalo ya —mascullé entre dientes.
Todo se quedó tranquilo entonces, al menos dentro de la tienda. Fuera, el viento aullaba de forma enloquecedora al pasar entre los árboles. La estructura metálica vibraba de tal modo que resultaba imposible pegar ojo. Una racha de viento y nieve soplaba cada vez que estaba a punto de sumirme en la inconsciencia, zarandeando de forma repentina las varillas de sujección. Me sentía fatal por el lobo, el chico que estaba allí fuera, quieto en la nieve.
Mi mente vagó mientras permanecía a la espera de conciliar el sueño. Aquel pequeño y cálido lugar me hacía recordar los primeros tiempos con Jacob y cómo solían ser las cosas cuando él era mi sol de repuesto, la calidez que hacía que mereciera la pena vivir mi vida vacía. Ya había pasado mucho tiempo desde que pensara en Jacob de ese modo, pero aquí estaba él de nuevo, proporcionándome su calor.
—¡Por favor! —masculló Edward—. ¡Si no te importa...!
—¿Qué? —respondió Jacob entre susurros, sorprendido.
—¿No crees que deberías intentar controlar tus pensamientos? —el bajo murmullo de Edward sonaba furioso.
—Nadie te ha dicho que escuches —cuchicheó Jacob desafiante, aunque algo avergonzado—. Sal de mi cabeza.
—Ya me gustaría, ya. No tienes idea de a qué volumen suenan tus pequeñas fantasías. Es como si me las estuvieras gritando.
—Intentaré bajarlas de tono —repuso Jacob con sarcasmo.
Hubo una corta pausa en silencio.
—Sí —contestó Edward a un pensamiento no expresado en voz alta, con un murmullo tan bajo que casi no lo capté—. También estoy celoso de eso.
—Ya me lo imaginaba yo —susurró Jacob, petulante—. Igualar las apuestas hace que el juego adquiera más interés, ¿no?
Edward se rió entre dientes.
—Sueña con ello si quieres.
—Ya sabes, Bella todavía podría cambiar de idea —le tentó Jacob—. Eso, teniendo en cuenta todas las cosas que yo puedo hacer con ella y tú no. Al menos, claro, sin matarla.
—Duérmete, Jacob —masculló Edward—. Estás empezando a ponerme de los nervios.
—Sí, creo que lo haré. Aquí se está la mar de a gusto.
Edward no contestó.
Yo estaba ya demasiado ida como para pedirles que dejaran de hablar de mí como si no estuviera presente. La conversación había adquirido una cualidad casi onírica y no estaba segura de si estaba o no despierta del todo.
—Ojalá pudiera —repuso Edward después de un momento, contestando una pregunta que yo no había oído.
—Pero ¿serías sincero?
—Siempre puedes curiosear a ver qué pasa —el tonillo zumbón de Edward me hizo preguntarme si me estaba perdiendo algún chiste.
—Bien, tú ves dentro de mi cabeza. Déjame echar una miradita dentro de la tuya esta noche; eso sería justo —repuso Jacob.
—Tu mente está llena de preguntas. ¿Cuáles quieres que conteste?
—Los celos... deben de estar comiéndote. No puedes estar tan seguro de ti mismo como parece. A menos que no tengas ningún tipo de sentimientos.
—Claro que sí —admitió Edward, y ya no parecía divertido en absoluto—. Justo en estos momentos lo estoy pasando tan mal que apenas puedo controlar la voz, pero de todos modos es mucho peor cuando no la acompaño, las veces en que ella está contigo y no puedo verla.
—¿Piensas en esto todo el tiempo? —susurró Jacob—. ¿No te resulta difícil concentrarte cuando ella no está?
—Sí y no —respondió Edward; parecía decidido a contestar con sinceridad—. Mi mente no funciona exactamente igual que la tuya. Puedo pensar en muchas cosas a la vez. Eso significa que puedo pensar siempre en ti y en si es contigo con quien está cuando parece tranquila y pensativa.
Ambos se quedaron callados durante un minuto.
—Sí, supongo que piensa en ti a menudo —murmuró Edward en respuesta a los pensamientos de Jacob—, con más frecuencia de la que me gustaría. A Bella le preocupa que seas infeliz. Y no es que tú no lo sepas, ni tampoco que no lo uses de forma deliberada.
—Debo usar cuanto tenga a mano —contestó Jacob en un bisbiseo—. Yo no cuento con tus ventajas, ventajas como la de saber que ella está enamorada de ti.
—Eso ayuda —comentó Edward con voz dulce.
Jacob se puso desafiante.
—Pero Bella también me quiere a mí, ya lo sabes —Edward no contestó y Jacob suspiró—. Aunque no lo sabe.
—No puedo decirte si llevas razón.
—¿Y eso te molesta? ¿Te gustaría ser capaz de saber también lo que ella piensa?
—Sí y no, otra vez. A ella le gusta más así, y aunque algunas veces me vuelve loco, prefiero que Bella sea feliz.
El viento intentaba arrancar la tienda, sacudiéndola como si hubiera un terremoto. Jacob cerró sus brazos a mi alrededor, protegiéndome.
—Gracias —susurró Edward—. Aunque te suene raro, supongo que me alegro de que estés aquí, Jacob.
—Si quieres decir que tanto como a mí me encantaría matarte, yo también estoy contento de que ella se haya calentado, ¿vale?
—Es una tregua algo incómoda, ¿no?
El murmullo de Jacob se volvió repentinamente engreído.
—Ya sé que estás tan loco de celos como yo.
—Pero no soy tan estúpido como para hacer una bandera de ello, como tú. No ayuda mucho a tu caso, ya sabes.
—Tienes más paciencia que yo.
—Es posible. He tenido cien años de plazo para ejercitarla. Los cien años que llevo esperándola.
—Bueno, y... ¿en qué momento decidiste jugarte el punto del buen chico lleno de paciencia?
—Cuando me di cuenta del daño que le hacía verse obligada a elegir. En general no me es difícil ejercer este tipo de control. La mayoría de las veces soy capaz de sofocar... los sentimientos poco civilizados que siento por ti con bastante facilidad. Algunas veces ella cree ver en mi interior, pero no puedo estar seguro de eso.
—Pues yo creo, simplemente, que te preocupa el hecho de que si la obligaras a elegir de verdad, no te escogería a ti.
Edward no contestó con rapidez.
—Eso es verdad en parte —admitió al fin—, pero sólo una pequeña parte. Todos tenemos nuestros momentos de duda. Pero lo que de verdad me preocupaba era que ella se hiciera daño intentando escaparse para verte. Después de que acepté que, más o menos, estaba segura contigo, tan segura al menos como ella puede estar, me pareció mejor dejar de llevarla al límite.
Jacob suspiró.
—Ya le he dicho a ella todo esto, pero no me cree.
—Lo sé —sonó como si Edward estuviera sonriendo.
—Tú te crees que lo sabes todo —masculló Jacob entre dientes.
—Yo no conozco el futuro —dijo Edward, con la voz de repente insegura.
Se hizo una larga pausa.
—¿Qué harías si ella cambiara de idea? —le preguntó Jacob.
—Tampoco lo sé.
Jacob se rió bajito entre dientes.
—¿Intentarías matarme? —comentó sarcásticamente, como si dudara de la capacidad de Edward para hacerlo.
—No.
—¿Por qué no? —el tono de Jacob era todavía de burla.
—¿De verdad crees que buscaría hacerle daño de esa manera?
Jacob dudó durante unos momentos y después suspiró.
—Sí, tienes razón. Ya sé que la tienes, pero algunas veces...
—...te resulta una idea fascinante.
Jacob apretó la cara contra el saco de dormir para sofocar sus risas.
—Exactamente —admitió al final.
Aquel sueño estaba resultando de lo más esperpéntico. Me pregunté si no sería el viento incesante el que me hacía imaginar todos estos murmullos, salvo que el viento parecía gritar más que susurrar.
—¿Y cómo sería?, me refiero a lo de perderla... —inquirió Jacob después de un tranquilo interludio y sin que hubiera ni el más leve rastro de humor en su voz repentinamente ronca—. ¿Cómo fue cuando pensaste que la habías perdido para siempre? ¿Cómo te las... apañaste?
—Es muy difícil para mí hablar de ello —admitió el vampiro. El licántropo esperó—. Ha habido dos ocasiones en las que he pensado eso —Edward habló a un ritmo más lento de lo habitual—. Aquella vez en que creí que podía dejarla, fue casi... casi insoportable. Pensé que Bella me olvidaría y que sería como si no me hubiera cruzado con ella jamás. Durante unos seis meses fui capaz de estar lejos sin romper mi promesa de no interferir en su vida. Casi lo conseguí... Luchaba contra la idea, pero sabía que a la larga no vencería; tenía que regresar, aunque sólo fuera para saber cómo estaba. O al menos eso era lo que me decía a mí mismo. Y si la encontraba razonablemente feliz... Me gustaría pensar que, en ese caso, habría sido capaz de marcharme otra vez.
»Pero ella no era feliz, así que me habría quedado. Y claro, este es el modo en que me ha convencido para quedarme con ella mañana. Hace un rato tú te estabas preguntando qué era lo que me motivaba... y por qué ella se sentía tan innecesariamente culpable. Me recuerda lo que le hice cuando me marché, lo que le seguiré haciendo si me marcho. Ella se siente fatal por sentirse así, pero lleva razón. Yo nunca podré compensarle por aquello, pero tampoco dejaré de intentarlo, de todos modos.
Jacob no respondió durante unos momentos, bien porque estaba escuchando la tormenta o bien porque aún no había asimilado aquellas palabras, no supe el motivo.
—¿Y aquella otra vez, cuando pensaste que había muerto? ¿Qué sentiste? —susurró Jacob con cierta rudeza.
—Sí —Edward contestó a esta pregunta de forma distinta—. Posiblemente tú te sentirás igual dentro de poco, ¿no? La manera en que nos percibes a nosotros no te permitirá verla sólo como «Bella» y nada más, pero eso es lo que ella será.
—Eso no es lo que te he preguntado.
La voz de Edward se volvió más rápida y dura.
—No puedo describir cómo me sentí. No tengo palabras.
Los brazos de Jacob se ciñeron a mi alrededor.
—Pero tú te fuiste porque no querías que ella se convirtiera en una chupasangres. Deseabas que continuara siendo humana.
Edward repuso despacio.
—Jacob, desde el momento en que me di cuenta de que la amaba, supe que había sólo cuatro posibilidades.
»La primera alternativa, la mejor para Bella, habría sido que no sintiera eso tan fuerte que siente por mí, que me hubiera dejado y se hubiera marchado. Yo lo habría aceptado, aunque eso no modificara mis sentimientos. Tú piensas que yo soy como... una piedra viviente, dura y fría. Y es verdad. Somos lo que somos y es muy raro que experimentemos ningún cambio real, pero cuando eso sucede, como cuando Bella entró en mi vida, es un cambio permanente. No hay forma de volver atrás...
»La segunda opción, la que yo escogí al principio, fue quedarme con ella a lo largo de toda su vida humana. A Bella no le convenía malgastar su tiempo con alguien que no podía ser humano como ella, pero era la alternativa que yo podía encarar con mayor facilidad. Sabiendo, por supuesto, que cuando ella muriera, yo también encontraría una forma de morir. Sesenta o setenta años seguramente me parecerían muy pocos años... Pero entonces se demostró lo peligroso que era para ella vivir tan cerca de mi mundo... Parecía que iba mal todo lo que podía ir mal. O bien pendía sobre nosotros... esperando para golpearnos. Me aterrorizaba pensar que ni siquiera tendría esos sesenta años si me quedaba cerca de Bella siendo ella humana.
»Así que escogí la tercera posibilidad, la que, sin duda, se ha convertido en el peor error de mi muy larga vida, como ya sabes: Salir de su vida, esperando que ella se viera forzada a aceptar la primera alternativa. No funcionó y casi nos mata a ambos en el camino.
»¿Qué es lo que me queda, sino la cuarta opción? Es lo que ella quiere, o al menos, lo que cree querer. Estoy intentando retrasarlo, darle tiempo para que encuentre una razón que le haga cambiar de idea, pero Bella es muy... terca. Eso ya lo sabes. Tendré suerte si consigo alargarlo unos cuantos meses más. Tiene pánico a hacerse mayor y su cumpleaños es en septiembre...
—Me gusta la primera alternativa —masculló Jacob.
Edward no respondió.
—Ya sabes lo mucho que me cuesta aceptar esto —murmuró Jake lentamente—, pero veo cuánto la amas... a tu manera. No lo puedo negar.
»Teniendo eso en cuenta, no creo que debas abandonar todavía la primera opción. Pienso que hay grandes probabilidades de que ella estuviera bien. Una vez pasado el tiempo, claro. Ya sabes, si no hubiera saltado del acantilado en marzo y si tú hubieras esperado otros seis meses antes de venir a comprobar... Bueno, podrías haberla encontrado razonablemente feliz. Tenía un plan en marcha.
Edward rió entre dientes.
—Quizá hubiera funcionado. Era un plan muy bien pensado.
—Así es —suspiró Jake—, pero... —de repente comenzó a susurrar tan rápido que las palabras se le enredaron unas con otras—, dame un año chupasa..., Edward. Creo que puedo hacerla feliz, de verdad. Es cabezota, nadie lo sabe mejor que yo, pero tiene capacidad de sanar. De hecho, se hubiera curado antes. Y ella podría seguir siendo humana, en compañía de Charlie y Renée, y maduraría, tendría niños y... sería Bella.
»Tú la quieres tanto como para ver las ventajas de este plan. Ella cree que eres muy altruista, pero ¿lo eres de veras? ¿Puedes llegar a considerar la idea de que yo sea mejor para Bella que tú?
—Ya lo he hecho —contestó Edward serenamente—. En muchos sentidos, tú serías mucho más apropiado para ella que cualquier otro ser humano. Bella necesita alguien a quien cuidar y tú eres lo bastante fuerte para protegerla de sí misma y de cualquiera que intentara hacerle daño. Ya lo has hecho, razón por la que estoy en deuda contigo por el resto de mi vida, es decir, para siempre, sea lo que sea que venga antes...
«Incluso le he preguntado a Alice si Bella estaría mejor contigo. Es imposible que lo sepa, claro: mi hermana no puede veros; así que Bella, de momento, está segura de su elección.
»Pero no voy a ser tan estúpido como para cometer el mismo error de la vez anterior, Jacob. No voy a intentar obligarla a que escoja de nuevo la primera alternativa. Me quedaré mientras ella me quiera a su lado.
—¿Y si al final decidiera que me quiere a mí? —le desafió Jacob—. De acuerdo, es una posibilidad muy remota, te concedo eso.
—La dejaría marchar.
—¿Sin más? ¿Simplemente así?
—En el sentido de que nunca le mostraría lo duro que eso sería para mí, sí, pero me mantendría vigilante. Mira, Jacob, también tú podrías dejarla algún día. Como Sam y Emily, tampoco tú tendrías opción. Siempre estaría esperando para sustituirte y me moriría de ganas de que eso sucediera.
Jacob resopló por lo bajo.
—Bueno, has sido mucho más sincero de lo que tenía derecho a esperar, Edward. Gracias por permitirme entrar en tu mente.
—Como te he dicho, me siento extrañamente agradecido por tu presencia en su vida esta noche. Es lo menos que podía hacer... ya sabes, Jacob, si no fuera por el hecho de que somos enemigos naturales y que pretendes robarme la razón de mi existencia, en realidad, creo que me caerías muy bien.
—Quizá... si no fueras un asqueroso vampiro que planea quitarle la vida a la chica que amo... Bueno, no, ni siquiera entonces.
Edward rió entre dientes.
—¿Puedo preguntarte algo? —empezó Edward después de un momento en silencio.
—¿Acaso necesitas preguntar?
—Sólo escucho tus pensamientos. Es sobre una historia que Bella no tenía interés alguno en contarme el otro día. Algo acerca de una tercera esposa...
—¿Qué pasa con eso?
Edward no contestó, escuchando la historia en la mente de Jacob. Oí su lento siseo en la oscuridad.
—¿Qué? —inquirió Jacob de nuevo.
—Claro. ¡Claro! —a Edward le hervía la sangre—. Hubiera preferido que tus mayores se hubieran callado esa historia para ellos mismos, Jacob.
—¿No te gusta ver a las sanguijuelas en el papel de chicos malos? —se burló Jacob—. Ya sabes que lo son. Entonces y ahora.
—Lo cierto es que esa parte me importa un rábano. ¿No adivinas con qué personaje podría sentirse identificada Bella?
A Jacob le llevó un minuto caer en la cuenta.
—Oh, oh. Arg. La tercera esposa. Vale, ya veo por dónde vas.
—Por eso quiere estar en el claro. Para hacer lo que pueda, por poco que sea, tal como dijo... —Edward suspiró—. Ése es otro buen motivo para que mañana no me separe de ella. Tiene una gran inventiva cuando desea algo.
—Pues ya sabes, tu hermano de armas le dio esa misma idea tanto como la propia historia.
—Nadie pretendió hacer daño —cuchicheó Edward en un intento de serenar los ánimos.
—¿Y cuánto durará esta pequeña tregua? —preguntó Jacob—. ¿Hasta las primeras luces? ¿O mejor esperamos hasta que termine la lucha?
Hubo una pausa mientras ambos pensaban.
—Cuando amanezca —susurraron a la vez, y después ambos se echaron a reír.
—Que duermas bien, Jacob —masculló Edward—. Disfruta del momento.
Se hizo el silencio de nuevo, y la tienda se quedó quieta durante unos cuantos minutos. El viento parecía haber decidido que después de todo, no nos iba a aplastar y se estaba dando por vencido.
Edward gruñó por lo bajo.
—No quería decir eso de forma tan literal.
—Lo siento —cuchicheó Jacob—. Podrías dejarme, ya sabes... dejarnos una cierta intimidad.
—¿Quieres que te ayude a dormir, Jacob? —le ofreció Edward.
—Podrías intentarlo —le contestó Jacob, indiferente—. Sería interesante ver quién saldría peor parado, ¿no?
—No me tientes mucho, lobo. Mi paciencia no es tan grande como para eso.
Jacob rió entre dientes.
—Mejor no me muevo ahora, si no te importa.
Edward comenzó a canturrear para sí mismo, aunque más alto de lo habitual, intentando ahogar los pensamientos de Jacob, supuse. Pero era mi nana lo que tarareaba, y a pesar de la creciente inquietud que este sueño en susurros me había provocado, caí aún más profundo en la inconsciencia..., en otros sueños que tenían más sentido...
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